15 feb 2009

Sexta noche. Orestes. Sesión secreta.

Orestes, eres más humano que los humanos.

"Pero es que yo me siento humano" contesto.

No eres humano. Eres un monstruo, una Bestia. Los humanos son inferiores a ti. Puedes controlarlos a tu voluntad, doblegarlos, utilizarlos.

"¿Por qué haría yo eso?"

Porque puedes.

"Pero... yo no quiero hacerlo. No voy a hacerlo. Aún tengo el control."

No te mientas, Orestes. Algún día lo harás.


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Como todas las noches, me despierto en mi apartamento. Normalmente, encendería la luz con desgana y luego le daría la espalda para quedarme un rato más remoloneando en la cama, como solía hacer por las mañanas, pero hoy he vuelto a escuchar esas malditas palabras en mi cabeza, y no estoy de humor. Antes, apartaba las planchas de madera que tapaban la poca luz que las persianas bajadas dejaban entrar, pero desde aquel incidente tan beneficioso económicamente en la mansión encantada, tengo cristales negros, opacos. Al menos en la habitación.

Me pongo unos vaqueros, abro el balcón y salgo fuera. Se me pone la piel de gallina y empiezo a tiritar; corre una brisa gélida. Pero eso me hace sentirme un poco menos muerto.

Me fumo un cigarrillo, eso que sólo suelo hacer en momentos de gran ansiedad, y el vaho de mi respiración se mezcla con el humo alquitranado.

Suena mi teléfono. Mi padre, aunque no mi padre eterno.

"Orestes, ¿dónde coño metes el teléfono? Llevo llamándote un par de horas."

Perdona, papá, respondo.

"Habíamos quedado para cenar esta noche, ¿te acuerdas? Pásate por aquí en una hora o así."

Claro, allí estaré.

Algún día lo harás, resuena en mi cabeza.

No, espera, esta noche tengo algo que hacer. Es importante, lo siento. Nos veremos pronto, lo prometo.

Algún día lo harás...

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Son las dos de la mañana cuando consigo quitarme la paranoia. Lizza respira aún agitadamente a mi lado. Las sábanas están arrugadas y bastante húmedas.


Para ella ha sido increíble, como siempre, y mi sed está bastante satisfecha.


A Lizza le molesta ser parte de mi harén, como ella lo llama, pero siempre me invita a su casa cuando quedamos. Supongo que, sea cual sea el dilema mental que ella tenga conmigo, el sexo le compensa.


Tengo que irme, le digo, y comienzo a vestirme mientras ella me mira soñolienta desde la cama, los ojos azules escondidos tras una cortina de cabello dorado.


Ya conoces el camino, me responde. Me abrocho la chaqueta y salgo a la calle. Sigue haciendo un frío del demonio.

Voy a ver a Agnes. Un profesor de Columbia ha venido a dar clase durante unas semanas. Una eminencia. Obviamente, yo quiero saber de qué va a hablar.


Quiero terminar la carrera, aunque no me examine.


Agnes me abre y me putea un rato. Tampoco entiende el concepto de Playboy-Orestes con el que se está encontrando últimamente. Si no fuera demasiado liberal como para admitirlo, me diría que está celosa, porque ella pensaba que nuestra relación con derecho a roce estaba en camino de ser algo más. Y lo estaba.


Hasta aquella noche fatídica en la que acompañé a Leónidas a su "casa".

Hablo con ella, hago un par de bromas, no me doy por aludido. He de reconocer que no la he tocado desde que me transformé en vampiro. Es demasiado importante. Pero claro, eso ella no lo sabe, y no pienso decírselo.

¿Enamorado? No exactamente. Valoro su amistad, que nunca me ha fallado.

Le doy un beso en la mejilla antes de salir por la puerta con una carpeta de apuntes para fotocopiar bajo el brazo. El beso ha estado muy cerca de la comisura.

Oh mierda.

Me quedo petrificado.

Mierda, joder, ostia, puta, coño.

No puede ser. No puedo tener delante de mí a un Ventrue.

A un Ventrue con sonrisa maquiavélica, que me espera con los brazos cruzados en la escalera, como si nos encontraramos por casualidad. A un Ventrue que me dice: "Qué, el marxismo en el Reino Unido en los años 30, ¿no?".

Pero allí está Henri, mi sacrificada niñera oficial. Y tiene cara de estar pasándoselo muy bien.

Creo que tardo en reaccionar. El pánico que siento este momento me impide actuar de forma coherente. Ha escuchado la conversación. Sabe quién soy.

Cuando le pregunto qué está haciendo exactamente aquí, me enseña un ejemplar de El marxismo en el Reino Unido en los años 30, firmado por el maldito profesor de Columbia en persona. Putos Ventrues con contactos. Vive dos habitaciones más allá de la de tu amiga, me informa. Deberías pasarte a hablar con él alguna vez. Ibas a hacer fotocopias, ¿no? Te acompaño.

Llegamos a la biblioteca. Sin abandonar una sonrisa maliciosa, me pregunta por mis estudios. Ciencias Políticas, Historia Clásica, Filologías Griega y Latina, respondo como un autómata. ¿Carreras de dos o de cuatro años? Mi única respuesta es mirarme los pies.

Odio no reaccionar como un adulto en estas situaciones, pero me siento vulnerable. Todo es mucho más fácil cuando la gente espera que seas un Brujah descerebrado con una moto muy grande y un cerebro muy pequeño.

¿Cómo acabó alguien como tú con un tipo como Leónidas? ¿Cómo fue?

Respondo con sinceridad. Creo que no se lo esperaba. De hecho, juraría que está un poco en estado de shock. Supongo que él también es de los que aman a su sire, como Zaraida.

Antes de que pueda decir mucho más, se ha hecho lo suficientemente tarde como para que tengamos que marcharnos. No miro atrás cuando salgo de la biblioteca.

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Para cuando llego a mi apartamento, sigo nervioso. Nada más llegar, me enciendo un cigarrillo y me dirijo a mi habitación. Abro el cajón de la mesilla y saco mi diario. Cierro los párpados con fuerza, y lo abro por la primera página.

¿Cómo fue?

Abro los ojos y miro el recorte de periódico. Un recorte de periódico como cualquier otro. Del New York Times.

"Brutal asesinato en Harlem"
Anoche, dos jóvenes hispanas fueron brutalmente asesinadas en su apartamento de Harlem. La policía baraja varios posibles móviles, entre ellos, un ajuste de cuentas. No se descarta ningún sospechoso. El ex-novio de una de las jóvenes, M.G.A., ha sido detenido esta mañana.

El periodista ni siquiera estaba inspirado al escribirlo. Otro incidente de tantos que ocurren en Nueva York cada día.

Pero ese fui yo.

Fui yo.

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Me despierto, completamente atontado y confuso. Recuerdo a Leónidas a mi espalda, el pasillo a oscuras. La inconsciencia.

Delante de mis narices hay una mancha de sangre. La marca que dejaría alguien al resbalarse sobre un inmenso charco rojo. Joder, este tipo es un psicópata y te ha tocado precisamente a ti, me dice mi mente.

Mis ojos enfocan algo más allá de la mancha de sangre, y veo unas botas militares. Leónidas, por supuesto.

Para mi sorpresa, porque creo estar herido, puedo moverme. Me apoyo en un codo y levanto la cabeza. Leónidas me mira, bastante impasible.

"Lo que te espera ahora no es nada agradable", me dice. "Vas a expulsar de tu cuerpo todo lo que queda de humano".

Le miro, sin entender. Estoy asustado.

"No me mires así, lo de la sangre no ha sido culpa mía. De hecho, has sido tú".

No te creo, respondo.

Leónidas solo hace un gesto con la mano, para que mire a mi espalda.

Es en ese momento cuando empiezo a vomitar. Y que haya empezado a hacerlo justo cuando miro hacia mi espalda no es coincidencia.

¿He sido yo?, se pregunta mi cabeza, totalmente asqueada, mientras dejo en el suelo un charco pestilente, encima del charco carmesí. No puede ser.

Están totalmente destrozadas, desmembradas. El antebrazo de una de ellas ha volado unos metros más allá de su cuerpo. La otra tiene la cabeza prácticamente seccionada.

Nunca había visto algo tan horrible. Y he sido yo.

"Déjame que te explique" escucho de fondo, y casi no reconozco el eco de las palabras. La sangre me martillea las sienes y los pensamientos se agolpan en mi cabeza de tal manera que percibo el mundo totalmente distorsionado. "Eres un vampiro. Acabo de concederte el don de la inmortalidad. Te despertaste hambiento, y esas han sido las consecuencias. No será la última vez que hagas algo parecido."

Vuelvo a tener otra arcada.

"Eres mi Chiquillo. En términos humanos, soy tu padre. Yo te guiaré en tus primeros años de inmortalidad, te enseñaré a sobrevivir en este nuevo mundo que se abre ante ti. Es tu obligación obedecerme."

En estos momentos, noto como las lágrimas corren por mis mejillas, al igual que restos de sangre y vómito caen por mi barbilla y la mierda resbala por mis muslos.

"Tengo grandes planes para ti, Orestes."

14 feb 2009

Quinta noche. Orestes.

Una nueva noche ha comenzado.

Otra noche más del resto de mi eternidad. Puaj.

Y tengo que encontrar al pichón enamorado de John. Bueno, esperemos que sea un pichón enamorado y que no esté contándole al Sabbat ahora mismo importante información estratégica.

Llega a nuestros oídos que Eva da una fiesta hoy, celebrando el éxito de una nueva exposición en una de sus galerías.

Necesitamos entrar a esa fiesta. Y nadie sabe cómo hacerlo. Aquí llega Orestes. Voy a conseguir que podamos colarnos, pero antes, voy a hacer sufrir un poco a todo el mundo.

Creo que Henri no se toma muy bien cuando agarro mi teléfono móvil y finjo que llamo a Eva, diciendo ser un gran admirador llamado Henri, del clan Ventrue. Que poco sentido del humor.

Después llamo a Penélope, del clan Toreador, y rezo porque la jugada salga bien.

Penélope es un personaje curioso. Es una pervertida. Su faceta humana amante del sexo y las drogas duras no ha desaparecido. Y no hay nada que le encante más que un buen rato con otros vampiros. Debe tener más vínculos de sangre ella sola que toda la ciudad de Nueva York junta. Lo único que me extraña de ella es que no tenga el SIDA.

Aunque no era mi prioridad ni mi intención, hace poco Penélope y yo pasamos un buen rato. Un rato bestial. Es decir, es genial no tener que contener la Potencia con una chica. Pero esta noche no me quiere a mí.

"Penélope, tengo un amigo muy interesado en conocer a Eva. Se llama Henri, del clan Ventrue."

"¿Y qué quieres que haga exactamente?"

"Ella da una fiesta de inaguración esta noche, ¿no? Podrías colarnos. Te compensaré."

"Orestes, cariño, no es por despreciar tu ardiente juventud, pero esta noche me apetece otro tipo de carne."

Por mí, encantado.

"Tengo a la chica adecuada para ti."

Y miro a Boadicea. Ella todavía no sabe cuál es su papel, pero lo interpretó muy bien la pasada noche, así que espero que ésta esté a la altura.

Es curioso cómo los vampiros, a pesar de perder su Humanidad, siguen comportándose como muchachitas remilgadas.

Es decir, sólo hace falta mirar a Boadicea.

Probablemente, todas las noches salga por ahí, se abra el mono de cuero y ligue con un tío, o dos, o más, y les muerda el cuello o los encierre en el cuarto de baño de un garito, o los arrincone en un callejón, y se alimente de ellos.

Pero, oh, una vampiresa quiere meterse en sus bragas, y le pone pegas.

¿Qué diferencia hay, exactamente?

La respuesta es: ninguna. Bueno, Penélope tiene tetas, eso es todo.

Ya he conseguido suficiente con colarnos en la mansión de la Toreador. Que el resto trabaje un poco. Yo probablemente me siente a comer canapés mientra veo su modus operandi. Yo paso del típico "si estás en una misión, manda al Brujah delante". Como si fueramos putos perros guardianes. Aunque esto también se aplica a los Gangrel.

Creo que esto de hacer la tercera misión para un Ventrue me está quemando un poco la sangre (qué chiste tan Tremere).

Penélope nos cuela en la fiesta, echando un par de miradas benevolentes a Henri. Lo bueno de Nueva York es que su población vampírica es tan joven que puedes soltar excusas tan malas como la que le he soltado a Penélope, y de vez en cuando cuelan.

Tal vez también haya colado por que Penélope está un poco mal de la azotea.

Personalmente, si yo hubiera sido Eva, nos hubiera echado a patadas nada más vernos. Pensaría, tal vez acertadamente, que una panda de Neonatos ha venido a espiarme a mi propio refugio.

O tal vez Eva esté tan desesperada por mostrar que no tiene nada que esconder, que se refugia tras una sonrisa tirante y nos da la bienvenida a su fiesta a la que sabe que no estamos invitados.

Dios, no puedo creerme que ésto esté funcionando.

Me siento a comer deliciosos canapés como un humano más, y observo el modus operandi de mis compañeros. Yo ya he hecho mi parte del trabajo. Lo suyo es intentar husmear ahora sin que se note demasiado.

Boadicea se pierde con Penélope en algún momento, mientras que Henri habla con la segunda estrella de la fiesta, ese pintor que está forrando de pasta a Eva. Zaraida se pierde por los jardines.

He de decir que Eva no nos quita el ojo de encima, pero varios invitados la acosan con entusiasta conversación sobre el arte contemporáneo. Sus aires intranquilos se tranquilizan un poco cuando ve que sus inesperados invitados vampíricos van acompañados. ¿Dónde están sus ghouls, para seguir cada paso que damos? Esto es demasiado fácil.

Los invitados van y vienen, y pasean por toda la planta baja de la casa. Eva está tan ocupada que de vez en cuando pierde de vista a la cuadrilla. Yo cojo una copa de champán y disfruto de la velada.

Parece que ha habido progreso. Boadicea dice que hay algo en la planta superior. Henri sube, pero no encuentra nada. Estamos como al principio. Boadicea dice que subirá a comprobarlo por ella misma. Pierdo a la Toreador de vista, así que me levanto a buscar a alguien de la cuadrilla, y Zaraida es la primera que encuentro. Con un Inseparable en el hombro. Gangrels...

Zaraida, ante la estupefacción de Henri, manda al pájaro a la planta superior (he de reconocer que, como estrategia, es más discreta que cualquiera de las otras). El pájaro vuelve, y según Zaraida, dice que ha escuchado algo arriba. Operación Comando, todos subiendo de puntillas por la escalera de un refugio ajeno. Estoy esperando a que, en cualquier momento, Eva nos pille in fraganti y nos mande a la hoguera, pero parece ser que algo la tiene muy entretenida abajo.

Luego me enteraré por Penélope que a Jeremy Bruce le dio una angina de pecho en ese preciso momento.

Llegamos hasta la susodicha habitación. Hay, previsiblemente, una puerta secreta, que me encargo de abrir con mis dotes de chico de barrio. A todos nos han castigado sin salir alguna vez y nos han quitado las llaves de casa.

Detrás de la puerta, un cuadro de alarma. Eso supera mis posibilidades.

No creo que un puñetazo sirva para desactivarlo, pero allá va Zaraida con sus garras a destrozar a nuestro enemigo electrónico. Después de los treinta segundos estipulados, no suena nada estridente. ¿Lo hemos conseguido?

Paso primero. La habitación secreta es una cámara insonorizada, y, por supuesto, John está dentro, atado y amordazado a una cama. A Eva le va el sexo duro, por lo que parece.

Me quedo en la puerta, vigilando.

Henri interroga al ghoul con Dominación. No consigo escuchar lo que dicen.

Unas pisadas de tacones hacen que el corazón me de un vuelco. Parece ser que la alarma mandaba una señal al móvil de Eva o algo parecido.

La pelirroja aparece, con prisa, despeinada... y llorando. Lágrimas de sangre salen de sus ojos y manchan sus mejillas. Su desesperación es tan palpable que, por un momento, me siento inhumano.

Eva, en lugar de intentar saltarme al cuello, se arrodilla a mis pies, me agarra del borde de la camisa y me suplica —me suplica— que no nos llevemos a John.

El ghoul está allí por su propia voluntad. Están enamorados.

Amor.

A estas alturas, Eva está abrazando mis rodillas, y yo estoy completamente inmóvil.

Amor verdadero.

Estoy muerto por dentro.

Yo que pensaba que encontrar el amor siendo vampiro era imposible. Siendo humano, no lo había encontrado todavía.

Es en esos momentos en los que te acuerdas de la Princesa Prometida y cosas así, y deseas con todas tus fuerzas estar vivo.

Henri se acerca al ghoul y lo mira a los ojos. Acto seguido, coge su teléfono móvil y llama al Sheriff.

Yo sigo sin lograr moverme.

Se llevan a los amantes ante el Príncipe Calebros. Todos sabemos el desenlace. El ghoul muere, o los dos mueren.

O eso creíamos todos.

Nadie sabe por qué, Calebros se pone de parte de Eva. El ghoul es suyo. Tendrá que pagar una compensación astronómica a Víctor, cuya furia por la decisión no tiene límites. El ghoul tendrá que realizar peligrosas misiones en las que hay un alto riesgo de muerte para un humano como él. La posición de Eva ha descendido automáticamente.

Calebros... ¿todavía tiene corazón?

13 feb 2009

Cuarta noche. Orestes.

Wow.

Déjà vu, dirían los franceses.

Espera, esto... ¿no lo había vivido yo antes?

Sospecho que esta noche me toca volver a ser la puta de un Ventrue, y sospecho bien.

Su Alteza el Príncipe Calebros nos espera impaciente mientras Víctor intenta disimular lo ferozmente cabreada que está su Bestia. He de decir que Calebros tampoco parece estar especialmente contento. Y el ghoul inseparable de Víctor no está.

Y vaya si no está. Dicen —dice Víctor— que se sospecha que haya huído al Sabbat. Que genial, ¿no? Parece que el Sabbat y este — ente (diría hombre, pero no creo estar en lo cierto) no se llevan del todo bien.

Y nos mandan a nosotros.

Creo que Víctor considera Sabbat a todas las preciosidades pelirrojas que intentan levantarle el ghoul. Pero, digamos la verdad, siendo humano... ¿quién se resistiría a esa belleza llamada Eva?

Intento disimular mi cabreo al encontrarme arrojándome a los pies de un capullo Ventrue otra noche más. Aunque la verdad, creo que no salgo tan mal parado. Podría ser la puta de un Tremere, o de un Brujah. Espera, ya soy la puta del peor Brujah de todos.

Nuestra primera parada es la casa de John, cómo no, y, tras acabar de registrarla, considero que el cabrón es un tipo cuidadoso. O tiene la vida más aburrida del mundo, o esconde sus pasos muy bien. Muy bien, pero no perfectamente.

Para empezar, Víctor ya ha estado aquí. Parece que Papi Vampírico no suele levantarse de muy buen humor. Supongo que intentó invocarlo con Presencia, y no acudió, así que se presentó para cantarle las cuarenta. O se presentó para ver si estaba completamente desangrado y desmembrado dentro de su refugio. El tema es que la casa está hecha un auténtico desastre.

Después de registrarlo todo, Henri encuentra un anillo de compromiso o algo así en el dormitorio, y yo una nota escrita a mano, citando a John en un bar llamado Fickle Muse.

Su teléfono está convenientemente vacío de llamadas y mensajes sospechosos, su familia no tiene ni idea de dónde está. Su hermana dice que había quedado a cenar con él hacía dos noches, y que no se había dignado a aparecer. Hace dos noches, justo cuando desapareció.

Vamos al puñetero Fickle Muse, después de que consiga que alguien me diga dónde está. Dejo que el Ventrue se encargue de sacar la información por que, siendo sinceros, mis métodos son un poco menos discretos que los suyos.

El camarero no sabe nada de esos dos porque le acaban de cambiar el turno, pero tal vez su compañero sí que sepa algo.

Tenemos un teléfono, así que Boadicea se encarga del factor seducción. El tipo nos da una dirección —que estúpido. Sólo le ha hecho falta una foto del mono de cuero abierto de Boadicea.

Llegamos a su portal, entramos a gatas para que no nos vea por la cámara del portero automático. Boadicea llama a su puerta, y nosotros esperamos en la oscuridad del pasillo.

Y me suena el móvil. Joder.

Salgo corriendo más rápido de lo humanamente posible, y doy un golpe a la puerta antes de que se cierre. La puerta golpea al pringado del otro lado, y consigo entrar. Lo agarro de un puñado y dejo paso a los demás. El tipo —se había arreglado y todo— está aterrorizado.

Henri se coloca enfrente, saca una foto de John, y comienza a hacer preguntas.

Pelirroja preciosa. ¡Bingo! Joder con John, es todo un conquistador.

Lo peor es que hay personas en la habitación que no han caído en quién es esa pelirroja cañón.

Cuando salgo, digo: Joder, vaya hijo de puta.

Henri está de acuerdo. Las chicas nos miran interrogantes.

Eva, es la respuesta.

Miro el reloj de pulsera. Demasiado tarde para continuar las investigaciones. Me despido de todos, no sin antes quedar para el día siguiente.

10 feb 2009

Tercera noche. Boadicea.

Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaawwwww
Vaya, ¡qué hambre!
Y encima esta noche toca cumplir con mis obligaciones de neófita oficial.

Me incorporo de un salto y enciendo el reproductor. Comienzo la noche al son de Two guys for every girl de Peaches. (Hay que cambiar de estilo de vez en cuando, ya he dicho que no me gustan los encasillamientos.)

Sin vacilación me ducho, me enfundo mi mono y a la caza...
¡Que va siendo hora de reponer fuerzas!

Hay un bar a unas manzanas de aquí, adonde iba ocasionalmente en mis tiempos mozos, cuando aún era humana. Es el lugar perfecto para un escarceo alimenticio rápido pues no era lo suficientemente asidua como para que me recuerden. Y total, con la facilidad y rapidez con la que cambian los camareros hoy en día, es poco probable que alguien me reconozca.
Me acerco a la barra, pido un vodka negro y me siento, copa en mano, sonrisa sensual subyacente y escote entreabierto.
A los pocos segundos, ya hay movimiento al fondo de la sala.
Vaya, un moreno resultón que intenta animar a un rubio atractivo.
Muajajajaja. Le doy un abrazo mental a mi suerte.
El rubio, cohibido, avanza poco a poco, como patinando sobre el piso, con los empujones que le propina el moreno.
Me gustaría juguetear un poco, pensar en algunos preliminares para conocernos, pero hoy no tengo mucho tiempo.
—Hola guapos, ¿os venís los dos al baño?
Caras de estupefacción. Un amigo me dijo una vez que en una situación similar sólo hay dos posibilidades: la chica que propone es muy chunga o es, citándolo fielmente, una guarra. Y la práctica totalidad de los hombres no deja escapar una oportunidad de corroborar si, en efecto, la susodicha responde al segundo apelativo.
Bingo. La teoría de mi amigo es cierta. Y yo, por supuesto de modo altruista, le sirvo de explicación empírica.
Perfecto, hoy hay ración doble. (Que buena soy, yeeeeeeeeey.)

Camino con paso firme hacia el baño. Activo mi auxpex y su respiración entrecortada y excitada son música para mis oídos. Entramos en el baño de chicas.
Por un momento me veo tentada a meterme en un baño con los dos pero ¡ay! Hay demasiadas posibilidades de que adviertan la mordida.

-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-PARENTAL ADVISORY, EXPLICIT CONTENT-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-

—Tú, rubio, pasa primero. Moreno, guapo, monta guardia, en un momento estoy contigo. No te arrepentirás de la espera.
Me encierro con el rubio (que, a todas estas, si lo pienso, no sé como se llama, esta vez si que ha sido un takeaway express...)
Lo acorralo contra la pared y levanto suavemente su camisa, descubro un tatuaje de un dragón en el costado derecho. Mmmm, mola. Besos jugosos, tímido, juguetón. De momento se merece un notable. Pero bueno, dejémonos de notas, que hay poco tiempo y aquí vamos a lo que vamos. Voy bajando por su tableta de chocolate y, bueno, ya se pueden/os podéis imaginar el resto.
Bla, bla, bla, “¡la mejor felación de mi vida!”, parece que puedo escuchar en su mente.

Dos puntitos de sangre, ¡hala! Que pase el siguiente. Pero...
-¿Me das tu número?
-No, mejor dame tú el tuyo. Soy una chica moderna.
Guiño el ojo y me recuerdo que siempre está bien tener un rebaño en momentos de crisis.

-Perdón por la espera —digo abriendo la puerta en un ademán que aspira a ser sensual y con la voz más voluptuosa que puedo emitir.
Mismo modus operandi con el moreno resultón. Yeah baby. ¡Suerte, te mereces más de un abrazo! (Bueno, hay que admitir que la menda también se lo curra, ¿eh?)

Dos notables en una noche y otro número para la saca. ^ ^ (Canturreo mentalmente: dos por dos son cuatro, cuatro y dos son seis, seis y dos son ocho y ocho dieciséis). Mmm, quizá algún día...

Bueno, ya tenemos energía suficiente para empezar una nueva noche. ¡Ikou!

-.-.-.-.
Mmmm, mi instinto me dice que alguien, en estos momentos, no ha pagado derechos de autor y me ha copiado la idea (más o menos). Pero esa, amigos, es otra historia. xDDDDDDD (Para más información, remítase al diario de Henri.)
-.-.-.-.

3 feb 2009

Segunda noche. Orestes

Esto me resulta familiar.

El Club21, de nuevo. Muchos Ventrue, de nuevo.

Soy su puta, de nuevo.

He de reconocer que el rostro delicado de la tal Angelica Anderson me endulza un poco el humor. Para estar muerto, pienso con mis atributos masculinos bastante a menudo. Supongo que es cuestión de tiempo.

Mansión encantada. Humanos huyendo aterrorizados. Ghouls desaparecidos. Venga, todavía no es el Día de los Inocentes.

Angelica parece tomárselo muy en serio. Parece ser que los Giovanni, esa especie aún desconocida para mi, no han conseguido exorcisar la casa. O no lo han intentando lo suficiente. También hay interés Tremere. I-N-T-E-R-É-S T-R-E-M-E-R-E. Empiezo a pensar que esto es chungo de verdad.

La mansión es, no sé, como gigantesca. Las habitaciones son desproporcionadamente grandes, es decir, la sala de baile es igual de grande que mi piso. Más grande que mi piso. MUCHO más grande que mi piso.

La planta baja parece estar despejada. Hay un cuarto de las escobas en un lugar bastante insólito, pero supongo que en algún lado tendrían que meterlo. Cuando agarro un jarrón para mirarlo con más atención, Zaraida me embronca y Henri me mira con lo que supongo que sería auténtico pavor cincelado en esa cara de piedra inexpresiva suya. Cuando miro el jarrón más de cerca, lo entiendo todo. No era una imitación. Dinastía Ming. Qué bien se lo monta Angelica.

Zaraida encuentra pequeños trozos de cerámica rota sobre la alfombra. Hay fantasmas muy limpios en esta casa.

Cuando subimos a la planta de arriba, hay cosas bastante interesantes. Para empezar, una estatua que destila una energía extrañísima. Se me ponen los vellos de punta al contemplarla. Además, es tan bonita, tan fascinante...

Henri encuentra el diario del anterior dueño de la mansión. Parece ser que la casa pertenecía a otra familia antes de que ellos la adquirieran de una manera un poco sucia. Tanto su mujer como él murieron en extrañas circunstancias la semana pasada. De hecho, en toda esta zona, ha habido algún que otro asesinato últimamente. Barrio de ricos, mafiosos...

Henri encuentra el diario, pero yo encuentro la caja fuerte. No abogo por la delincuencia, pero está llena de dinero en efectivo, mucho dinero en efectivo, y yo tengo una beca que devolver al gobierno. Gracias, querido sire, por Abrazarme a mitad de curso teniendo una nota media que mantener.

Seguro que a Angelica no le importa. Con toda probabilidad, no ha comprado la casa por la caja fuerte.

Henri se horroriza, pero le ignoro. Acaba tirando de mi y de la caja fuerte que todavía llevo en la mano hacia otras habitaciones.

La biblioteca. Definitivamente, odio a esa zorra Ventrue.

Llena de libros antiguos, forrados en cuero. Muchísimos de esos libros no tienen el nombre grabado en el lomo, pero veo varios títulos en latín y griego. Biblioteca culta.

"Qué puta. Yo quiero vivir aquí." digo sin pensar. Craso error. Mis dos compañeros me miran como si fuera un marciano. Oh, mierda. Finge que eres Brujah, finge que eres Brujah, finge que eres Brujah...

He de reconocer que me pongo nervioso, y mi brazo golpea algo que hace catacrash. Joder.

La atmósfera de la habitación comienza a cargarse y mi Bestia se revuelve incómoda dentro de mí. Y de repente, estalla. La explicación oficial es que un rayo me cae encima, y me quema el pecho. Salgo disparado por los aires, y he de reconocer que me quedo un poco atontado. Por eso no esquivo un pesado libro volador, con las esquinas remachadas en metal, que se me clava en el pecho.

Después me dijeron que el libro se levantó de nuevo y mi sangre dibujó un símbolo mágico en la portada.

Al parecer, me arrastraron escaleras arriba y acabamos en el desván. Zaraida empezó a ver visiones de fantasmas cuado yo estaba K.O

En el desván, para cuando recupero la consciencia y me curo un poco, encontramos una foto de la fantasma que Zaraida vio en la biblioteca. Agatha de Grey. Fantasma que supuestamente hace su aparición en la habitación y nuestra amada Gangrel comienza a hablar sola. A mantener un largo diálogo sola. Y a ponerse muy, muy nerviosa.

"Son muchos, y quieren que nos vayamos. Están gritando... quieren recuperar su casa... ¡Quieren que nos vayamos!"

Sobra decir que salimos por piernas. Atravesamos la segunda planta a toda velocidad, casi nos tropezamos con la alfombra del salón de baile y cruzamos el umbral. Y entonces, vuelvo dentro de la casa.

Una idea absurda se me ha cruzado por la cabeza. El cuarto de las escobas. Qué razonamiento tan absurdo.

No sé quién está detrás de eso, pero seguro que allí hay algo. Estaba tan... fuera de lugar.

Arranco el armario sin demasiada delicadeza y detrás... un ankh negro, con filigranas rojas. ¿Camarilla? Es distinto...

Adelanto la mano para tocarlo, y me quemo. Como si no tuviera suficiente con la del pecho.

"Zaraida, parece que tienes una conexión especial con la casa... ¿por qué no lo tocas tú?"

Ella lo toca, y murmura una palabra. Vida. No ocurre nada.

Henri se quema, igual que yo. Y parece molestarle mucho.

Y entonces Zaraida le pregunta: "¿Por qué no has contestado nada?"

El símbolo habla. Hace preguntas sobre si eres vida o eres muerte. Casi me río por la situación. Lo que está claro es que sólo la Gangrel lo escucha.

Ella se adelante, vuelve a tocar el símbolo, y susurra: "Muerte".

La cruz de la vida brilla, y una puerta se abre. Una entrada secreta. Bajamos por el pasadizo de Dungeons&Dragons y al final hay otra puerta, con un grabado de una estrella de seis puntas rodeada por un círculo, y una palabra en cada punta: Euthanati, Transformation, Energie, Entropie, Morte, Changement. Francés, asumo. Y debajo, unas palabras talladas: "Nueva vida, nuevas oportunidades. Esto es hermoso y extraordinario. Pero no puede haber nada nuevo si lo viejo no se va. No hay vida sin muerte, este es el mayor secreto: el secreto del cambio." Jacques de Grey.

De Grey, como la fantasma. Como la familia que vivió aquí durante generaciones. ¿Fue Jacques el fundador de esta casa?

Henri abre la puerta, y bajamos hasta el sótano. Parece ocupar toda la superficie subterránea de la casa.

Está iluminado por miles de velas. La cera ha goteado hasta el suelo en muchos casos, formando pequeños charcos de distintos colores.

Cuando mis ojos se acostumbran a la luz, ven más de lo que les gustaría. Toda la superficie del sótano está cubierta por lo que identifico como símbolos arcanos. ¿Dónde cojones nos han metido?

En el centro, hay un pozo del que brota una energía tan potente que mi corazón empieza a latir aún más desbocado. La energía sube del pozo como si millones de diminutas luciérnagas intentaran ascender a la superficie. Es hasta bonito. Inclinadas sobre ese pozo, dos mujeres, dos gemelas, prácticamente idénticas. Una de ellas tiene un mechón teñido de azul, la otra de rojo. Y son, a todas luces, humanas. Y están entonando un cántico, ahora que me doy cuenta. Detrás de ellas, múltiples vasijas. Respiro, así que me doy cuenta del olor a metálico de la sangre y de las vísceras que descansan en ellas. Asesinatos, ghouls desaparecidos... ahora cobra sentido.

"Esta ha sido, durante siglos,
la morada de mi familia.
Nos fue ilegítimamente arrebatada, y
desde hace dos décadas luchamos por recuperarla.
¿Quiénes sois?"

Eso preguntan, retomando las frases de la otra, y Henri contesta que venimos de parte de Angelica, la actual propietaria de la casa. Eso no parece contentarlas. La casa les pertenece por derecho, dicen. Les fue arrebatada de forma ilegítima, y la han recuperado. El Ventrue intenta razonar con ellas, hablándoles de la compra de la casa por parte de su compañera de clan, pero sé que eso no va a bastarles. Empiezan a entonar el cántico que sospecho que sea algún tipo de ritual.

Y corro hacia delante. Salir de aquí no parece una opción, sobre todo por que escucho la puerta cerrarse a nuestras espaldas. Nuestra esperanza es poder superarlas en el cuerpo a cuerpo. Me adelanto a los demás, y cojo impulso para saltar sobre una de ellas.

Maldita sea. Uno de los círculos mágicos, que se encontraba justo bajo mis pies, ha reaccionado y me ha lanzado por los aires con una descarga de energía. Noto cómo se me abren pequeñas heridas. Caigo al suelo e intento levantarme al instante, pero algo invisible me sujeta al suelo. Y noto como mi Vitae empieza a abandonar mi cuerpo con demasiada rapidez.

Es decir, me late el corazón y la sangre me corre por las venas como a un humano normal, pero esto es excesivo. Mi sangre forma diminutos ríos y se dirige directamente hacia el pozo. En este sótano no hay inclinación ninguna. El pozo está absorbiendo mi vida.

Desde el suelo, observo como Henri corre una suerte parecida a la mía. Afortunadamente, Zaraida consigue llegar hasta la gemela del mechón rojo y darle un golpe con sus garras. Eso ha tenido que doler. La gemela tiene unos cortes tan profundos que probablemente se desangre en pocos minutos.

De repente, la herida comienza a cerrarse.

¿Qué?

Creo que vamos a morir.

Consigo levantarme y veo como Zaraida sale despedida y cae al suelo. Sin pensármelo demasiado, consigo pegarle un puñetazo a la gemela del mechón azul. Efectivamente, le doy, pero su hermana me golpea con varios hechizos.

Es más de lo que puedo soportar, admito que casi pierdo la conciencia. Escucho el golpe de otro cuerpo al caer, probablemente Henri.

La no-vida ha sido muy corta. He de reconocer que, aunque suene emo, me alegro de morir ahora.

No quiero ser una bestia sedienta de sangre toda la eternidad. No quiero dejar de sentirme humano.

Yo quería, no sé, ser un político importante, amar, tener un par de críos. Continuar mi sangre, pero no de la manera que se me plantea ahora.

¿Y si me convierto en Leónidas? ¿Y si empiezo a ver a mis amigos, a mis conocidos humanos, como meras presas? ¿Y si todo ocurre de una forma tan gradual que ni siquiera me de cuenta de ello?

No, gracias.

Y en ese momento, escucho cómo el techo comienza a caerse. Varias figuras caen al suelo, hasta creo distinguir un par de alas.

Y después, todo se convierte en oscuridad.

Cuando despierto, estoy en un hospital. El Lenox Hill, para ser exactos, propiedad del Ventrue Brian Kenneth. Los años de inmortalidad no evitan que siga teniendo un aire amable, casi dulce. Cuando me da varias bolsas de sangre para que cure mis heridas, le miro con cara de perrillo abandonado, y mi mirada dice algo así como "Te amaré eternamente". Contesta con una sonrisa. Debo estar mentalmente enfermo para haber hecho eso, pero me bebo mi sangre sin rechistar.

Edmund nos comunica que el clan Tremere nos ha salvado el culo y ahora les deben un par de favores, aunque claro, no con esas palabras. Los Tremere han comprado la casa a Angelica, y le han devuelto su dinero. Ah, dinero. Sigo teniendo la chaqueta forrada de billetes muy gordos, aunque algo manchados de sangre.

Algo bueno tenía que tener esto.

Zaraida le explica a Edmund lo que ha pasado, con escasas contribuciones por mi parte y la de Henri. Nuestra niñera le manda a callar cuando Zaraida va a comentar que yo ocasioné el incidente en la librería. Vaya, una experiencia cercana a la Muerte Definitiva parece haberle suavizado el carácter, al menos por el momento.

En algún momento, el gilipollas de mi amado e idolatrado padre enterno aparece en la puerta de mi habitación y me mira largamente.

"Cuando salgas de aquí, tenemos que hablar."

Y se va.

Yo ya sé lo que me espera.

No he muerto esta noche, pero si las leyes de la Camarilla no me protegiesen ahora que estoy "aceptado" en sociedad, tendría probabilidades de morir mañana.

Será mejor que beba muchas de esas bolsas de sangre que nos ha dado Brian Kenneth.

31 ene 2009

Primera noche. Boadicea.

Querido diario:
Hoy me apetecía dirigirme a ti de esta manera convencional.
(Y qué coño, mola ^^)

En fin, te cuento:
Me desperté sobre las 9 bastante saciada, por lo que me limité a ajustarme el mono y dar vueltas frenéticas a lo largo y ancho de la habitación: hoy es el “gran día”.
Y he de confesar que lo único que puede calmarme en este tipo de situaciones es un buen chute de Led Zeppelin. Me pongo Stairway to heaven (quién fuera Brujah, ains).

Pero con este comentario, querido lector, no saques conclusiones precipitadas; soy Caitiff a mucha honra.
Encasillamientos y etiquetas a mí, ¡ja!

Mi querida Jezabel (sí, querido diario, hoy tu propietaria se ha obsesionado con la palabra querido) me advierte y aconseja en el camino al Elíseo. Intento hacerle caso, pero mi mente está demasiado aturullada como para que las dendritas y las conexiones neuronales funcionen como debe ser. Tiempo al tiempo. En una noche, todo habrá pasado.

Llegamos al Elíseo. Y aunque sé que está prohibido hacer uso de superpoderes vampíricos , un poco de auxpex no le va a hacer daño a nadie. Descubro que uno de los guardias de la entrada es humano. Y que hoy ha comido un bocadillo de atún. Se le ha quedado una migaja insignificante al lado del labio inferior. (Soy buena, eeeeeeh.)

Jezabel me presenta a algunos colegas Gangrel, y más tarde, a mis nuevos "colegas" vampíricos.
Una chica muy maja, Zaraida, me tiende la mano. Me sorprende que no conozca la historia de su nombre. Siempre me ha parecido un mundo fascinante y sugerente, el de las etimologías e historias que se esconden detrás de ellos.

Su sire se muestra un poco petulante. Tengo que hacer alarde de mi maestría en llaves de haikidou para bajarle un poco los humos. Aunque he de confesar que es uno de los pocos vampiros afables que he conocido y que me cae bien.

Henri, nuestra “niñera”, es un peacho borde. Seguro que tiene un trauma, ¡tanta frialdad no es normal! Freud, ¡ayúdanos!

De repente, sin darme cuenta, estoy delante de Cálebros.
De súbito, sin advertirlo, me adelanto voluntariamente. (Por muy irónico que parezca)


Me dirijo a él, seguro que hace mucho que nadie le trata de tú a tú y en su fuero interno (que, no lo dudo, es mucho más atractivo/sensible que su capa exterior) (muajaja, me acabo de acordar del chiste de las capas de la cebolla, en fin), está pidiendo a gritos un poco de afabilidad y bufonismo.

Le muestro mis respetos a mi manera... escucho murmullos de desaprobación. Je m'en fous.

Los otros chiquillos siguen los estándares de educación y niquelan el protocolo. Olé.

Después de beber unas copas de sangre, vampirizar un poco y volver a hacer una llave de las mías, me vuelvo a casa: Jezabel me necesita.

Primera noche. Orestes. Segunda parte.

Para hablarnos de la misión, nos conducen al Club21, terreno Ventrue. Todos se montan en limusina. Yo, por supuesto, voy en mi moto. Tengo que cumplir con el estereotipo de mi clan.

El Club21 es un lugar de gente con mucha fama y mucha pasta. No sé que pinto aquí. La misión consiste en hacer de puta de un Ventrue. Mi primera noche como "mayor de edad" y ya está muy claro mi destino.

Recoger un objeto en un bar del Bronx. ¿Qué hace un Ventrue hablando con gente del Bronx? Lo que sea, Calebros ha exigido su presencia en un asunto, y nos toca a nosotros hacer de mensajeros.

Antes de salir para allá mando a Henri, el neonato Ventrue, a que se ponga ropa que esté un poco más acorde al barrio al que vamos. Vuelve con unas Panama Jack. Vamos a morir.

El nombre del bar me suena, pero Zaraida, la gran conocedora del Bronx, nos pierde por la zona sur. Esa zona llena de Setitas y reductos Sabbat, por lo que se rumorea. Genial. Para cuando me decido a intervenir ("Oye, creo que no es por aquí.") estamos en el culo del mundo.

Salimos del metro, y, cómo no, el Bronx nos da la bienvenida: pintadas, hogueras en mitad de la calle, miradas desafiantes... No me extraño cuando se acercan una banda de negrazos a pedirnos el aguinaldo. Las Panama Jack, junto con el cabello y la piel blanca, no hacen muy buena combinación en este barrio.

Aún no me explico cómo, pero el escuálido Ventrue logra hacer que, primero uno de los integrantes y después el jefe de la banda se meen encima y salgan corriendo, intentando conservar la poca dignidad que les queda. La que peor se arregla es Zaraida, a la que tengo que quitar un par de maromos de encima con "delicadeza".

Al final, damos la vuelta y llegamos al maldito bar. Abrimos la típica puerta de madera desvencijada pintada una y otra vez de verde para bajar unas escaleras oscuras. Cuando llegamos abajo, el espectáculo es distinto al esperado.

A ver, ya sabía que era un bar en el Bronx, pero, joder, lo de todo el mobiliario destrozado, cadáveres por los suelos, y una vampiresa rubia diabolizando al dueño...

Nuestra llegada causa expectación. Un rubio oxigenado completamente tatuado sale de detrás de la barra. Con un paquete en la mano. Mientras el dueño del bar se descompone en cenizas, la otra vampiresa que está a la vista se levanta relamiéndose y se va directamente a por el que tiene más pinta de lucecita: Henri.

Intento detenerla, obviamente. Las broncas serían demasiado gordas si muriese un Ventrue. En un estado de completa fascinación, la chica me golpea y salgo volando por los aires cuando intento sujetarla.

Mi aterrizaje no es suave, precisamente. Caigo detrás de unas mesas volcadas y me encuentro con la última invitada a la fiesta. Ropa de rockera, ojos rasgados, y un corazón aún caliente en las manos, que muerde con fruición. Joder, ¿me tenía que tocar a mí?

Annie (que así se llamaba) y yo nos miramos fijamente durante un largo rato, calibrándonos, alerta. De fondo se escucha conversación, principalmente de Henri y la rubia, ya que el tatuado se ha guardado el paquete en el bolsillo y se ha sentado sobre la barra para contemplar el espectáculo.

Es difícil prestar atención a lo que pasa a tu alrededor cuando tienes que vigilar a una Sabbat que se encuentra a escasos centímetros de tu rostro. Solo sé que en algún momento las chispas saltan invocando el desastre inevitable. Yo la golpeo con una silla, sin hacerle demasiado daño, y a cambio ella me muerde.

Ah, el mordisco de otro vampiro. No importa que sus intenciones sean homicidas, es demasiado placentero para poder resistirse.

En algún momento, no sé si pronto o tarde, recupero la consciencia y le devuelvo el mordisco a la belleza de ojos rasgados. Solo que yo no me dedico a chupar su sangre, si no a arrancarle la mayor parte de su precioso y fino cuello. Al parecer, en ese momento la cosa se pone fea para los Sabbat, por que deciden escapar antes que perder a su compañera, e inician la retirada por la puerta del almacén del bar. En mi defensa he de decir que estaba volando por los aires cuando el tatuado agarra a Annie con Celeridad y se pierde en la noche. Con el paquete.

Zaraida tiene una marca de garras en el pecho, y Henri, sorprendentemente, está ileso.

Volvemos al Elíseo e informamos a los interesados. El Ventrue parece realmente contrariado, pero él no tiene la marca de los colmillos de una loca hundidos en su cuello, la verdad.

En cuanto salgo, llamo a Vic, que ya sabía que estaba con Leónidas, y le pido que lo entretenga lo máximo posible.

En cuanto se entere del resultado de la misión, no me va a acoger con los brazos abiertos, precisamente.

Primera noche. Orestes.

Nunca fui tímido, pero ahora mismo desearía que me tragara la tierra.

Os pongo en situación: mi amado y respetado sire acaba de hacer una jugada de las suyas, y tras gritos y peleas con la flor y nata de la sociedad vampírica local, ha conseguido que se me presente en sociedad. Hoy.

Sólo tengo 6 meses vampíricos. Soy, en términos inmortales, un bebé de pecho.

Si pensaba que no había nada peor que que me presentaran en sociedad siendo el Chiquillo de un Vástago considerado el más capullo de un clan de capullos, me equivocaba. Pueden presentarte en sociedad siendo el Chiquillo del mayor capullo de Nueva York, y además hacerlo de forma completamente prematura e inapropiada.

Leónidas está convencido de que soy un Chiquillo digno, y oh, voy a serlo, aunque sea por mí y no por él.

Entro al Elíseo detrás de mi sire, y rezo por salir de allí lo antes posible.

Todas las miradas se clavan en mi, los Vástagos comienzan a susurrar. Percibo la mirada altiva y desdeñosa de Mazz, la Arpía Brujah. Está claro que hacerme un buen nombre va a resultarme difícil.

La presentación comienza, los Chiquillos nos adelantamos para jurar lealtad al Príncipe Calebros. Al menos no es Ventrue.

La primera Chiquilla, Boadicea, se presenta a su coleguita Calebros. Mi único consuelo es que no se puede hacer peor que eso.

La segunda Chiquilla, Zaraida, parece hacerlo un poco mejor. Hasta hace una reverencia.

Y me toca a mí. Afortunadamente, Vic me ha explicado lo que tengo que hacer. Hinco una rodilla en tierra, digo mi nombre y mi clan y juro lealtad al Príncipe. Calebros no tiene ni idea de lo en serio que digo esas palabras.

El Nosferatu no se distrae y comienza a preguntarnos por las Tradiciones. Menos mal que soy una rata de biblioteca, y me las sé de memoria.

Una vez terminadas las presentaciones, Leónidas me lleva a conocer a varios Vástagos, la mayoría el resto de integrantes del clan Brujah. Vic está por allí, y me hace una señal de aprobación cuándo nadie mira.

Acto seguido, mi padre eterno me conduce hacia un grupo de Ventrue, que se encuentran con la nueva Chiquilla Gangrel y un neonato llamado Henri, y coloca una mano en el hombro de un tal Edmund. Ojalá no lo hubiera hecho. Parece ser que está noche hay una "misión de mayoría de edad", y como Vástago recién presentado al Príncipe, Leónidas considera que debo participar. No estoy muy seguro de que Edmund esté de acuerdo, pero no dice nada.

Tierra, trágame.

Primera noche. Zaraida.


Me levanto. Joseph está mi lado, el pelo revuelto y unas cuantas ramitas enredadas en el.

-Joseph despierta, ¡qué ya es hora!

-Mmm

-Hoy es mi presentación ¿no?

-Sep… -media vuelta en la cama.

Salgo de la habitación para cambiarme y me pongo una camiseta de cuello barco con mangas separadas y otra de tirantes debajo, unos vaqueros rotos y unas botas militares. Me arreglo el pelo.

Entro en el cuarto de Joseph, está con dos camisas, una en cada mano. Sube una cada vez como pidiendo consejo:

-La de la derecha –sonrío-. ¿Te puedo arreglar el pelo?

-Siempre –sonrisa ancha.

Después de ponerse la camisa se sienta en una silla. Le recojo parte del pelo en la nuca con una goma.

-¡Ya está!

-Vámonos –sonríe.

Nos dirigimos al Elíseo, en Madison Square Garden, donde tendrá lugar la presentación. Mientras salimos del Bronx la gente se aparta. Nadie se atreve a meterse con Joseph en el Bronx.

Aunque sea el Bronx.

Al llegar al Elíseo un tipo con cara de malas pulgas nos deja pasar.

En mi vida he visto tanto vampiro junto: el Elíseo está lleno, la mayoría está en grupos, en clanes, apenas se mezclan: los Toreadores, los Gangrel, los Brujah, los Ventrue, los Malkavian, los Tremere, los Giovanni, los Nosferatu. Los Toreadores miran a su alrededor como si el resto se hubiera dejado olvidado en algún cajón el buen gusto; los Ventrue van con sus camisas de marca, pantalones de pincísima y sus zapatos caros, políticos…; los Brujah… moteros y sonoras palmadas de espalda; hay también por ahí perdido un niño un tanto raro que habla con su osito de peluche…da mal rollo… los Gangrel están al fondo asique nos vamos hacia allí.

Joseph me da un ligero apretón en la mano, estamos delante de una Gangrel con rasgos de comadreja: Jezabelle, la heroína olvidada. Su chiquilla no es Gangrel si no Caitiff, va vestida al estilo “busco a Jack” enfundada en cuero de los pies a la cabeza. Muy mona.

Extiende una mano.

-Soy Boadicea. Encantada.

-Zaraida. Igualmente.

-¿De dónde viene el nombre? –pregunto.

-Pues verás... viene de Bla bla bla bla bla

Sí, lo siento desconecto un poco, pero es porque intento grabar en mi memoria semejante nombre que no había oído en mi vida (si puedo decir tal cosa…) pero en mi mente se filtra que viene de tradiciones guerreras.

-… y eso es todo. ¿Y el tuyo? Es la primera vez que lo oigo.

Touchée

-No tengo ni idea, lo único que sé es que no es mi verdadero nombre, y como tampoco recuerdo cuál es me he quedado con este. No tengo muchas opciones, cuando conocí a Joseph le dije que me llamaba Zaraida, supongo que en su momento no me gustó darle mi nombre a alguien tan rarito... o eso debí pensar.

Boadicea no dijo nada más, sólo asiente.

-Básicamente quiere decir que la rarita era ella, que le iba diciendo nombres raros a la gente.

Es Joseph, que se había colocado detrás de mí cuando había terminado de hablar con Jezabelle.

Como siempre brazo al hombro.

El codazo en las costillas no sirve de nada. Joseph me mira y sonríe.

-Una última cosa antes de que vayáis frente a Calebros. Va a haber otro más que se va a presentar esta noche, es el chiquillo de Leónidas, Orestes. Es un brujah. Por eso los ánimos están un poco alterados… no tiene ni seis meses... bueno -una palmadita en la espalda- ¡Suerte!

Y de repente estoy frente a Calebros, con sus pústulas y encías carcomidas. Qué hermosa visión.

Vale, sí, seré muy sarcástica pero hay que reconocer que el tío impone, el aura que emana de él refleja su poder. A pesar de su apariencia, el Príncipe ha sido un buen gobernante, al menos por lo que me ha contado mi Sire.

Primero se presentó Boadicea. El cuero de su mono susurró cuando se adelantó.

Si hubiese tenido corazón me pregunto si habría empezado a latir con más fuerza: me estoy poniendo nerviosa. Boadicea se ha presentado de la forma más coloquial que uno se pueda imaginar, pera empezar le ha llamado directamente "Calebros"... Y se oyen murmullos.

¡Ay mi madre…!

Bueno. Mi turno.

“Príncipe Calebros, mi nombre es Zaraida. Le ofrezco mi lealtad”

Hago una reverencia.

¡Y ya está!

No ha ido tan mal, ¿no? Al menos no ha habido murmullos.

El turno del Brujah…

Me sorprende, las cosas como son. No pensé que lo fuera a hacer tan bien.

Todo correctísimo, mejor que yo de hecho. Y no hace una reverencia, ¡si no que hinca la rodilla!

Calebros se levanta y nos saluda. Y hace algo que me pilla desprevenida: nos empieza a preguntar sobre las Tradiciones. Por suerte nadie la caga.

Después de terminar con las formalidades volvemos con nuestros sires. Joseph pasa una mano por mi hombro.

-Muy bien hecho cariño. Por cierto, tengo que presentarte a alguien.

Un sentimiento de mal rollo y un escalofrío me recorren la espalda...


30 ene 2009

Historia inicial. Boadicea.

Apenas recuerdo esa noche... quizá la parte consciente de mi cerebro ha decidido desterrarla al inconsciente. De ese pozo construido sólo emanan unos gritos, unas capas negras, el olor a sangre, el miedo, y la euforia entremezclados. Un despertar confuso... y un sentimiento de vacío que jamás había experimentado.

Pero quizá sea mejor empezar por el principio de los tiempos.

Nunca tuve una relación muy estrecha con mis padres. Él, inmigrante japonés, sólo esperaba hacerse un hueco en el mundo y se dedicaba en cuerpo y alma a ello, descuidando a su familia.
Si no recuerdo mal, me decían que había heredado los ojos de mi madre. Y aparte de mi mirada esmeralda, unas fotos, una bufanda, una nana y un anillo que nunca divorcio de mi dedo anular, más por superstición e inercia que por cariño, no llevo conmigo mucho más de ella.

Nunca me enamoré, y si lo hice, nunca dejé que la pasión me cegara. Mi amor fue el haikidou, el único legado que mi padre me dejó en herencia. Por tanto, las virtudes de la mesura y el autocontrol (al menos en cuanto al plano romántico-amoroso se refiere) las cultivé a rajatabla. (Ahora sí, sentimentalismos o sentimientos aparte, creo que supe como pocos rendir culto a Baco.) Y como no sólo de clases se puede vivir, terminé en unos tugurios bailando con mi sempiterno mono.

El día que vi el anuncio de Busco a Jacks, me dije: "esa tía me ha copiado fijo".

Pero vayamos al grano. Allí lo conocí a él. Aquel que me bautizó con el nombre de Boadicea (en lugar de mi verdadero nombre, que nunca sabréis, muahahaha, ejem, en fin.) Me dijo que mi baile, mi vida, mi actitud emulaban a una guerrera celta, a la reina de los icenos.

No sé cuál sería su grito de guerra, pero el mío, confieso, sería:

You can never wear too much black, you can never wear too much “Busco a Jacks” ^ ^

Historia inicial. Will.

Un breve resumen de mi vida en los últimos meses (o de cómo me granjeé tantos enemigos) Capítulo 1
Estimado William: Soy tú. Si estás leyendo esto, seguramente te estés preguntando a qué cojones viene. Pues que lo sepas, esto lo escribo por si acaso tu madre (mi madre) decide un día observarte tiernamente durante horas mientras duermes y acabas siendo cajero de un McDonalds. Sería bastante irónico. O por si te borran la memoria y te despiertas tirado en tu cama, sin recordar nada de las últimas semanas, con todo el mobiliario destrozado, manchas de sangre en la pared y un vídeo que muestra como una de tus amigas huye aterrorizada mientras la golpeas. O por si intentan matarte otra vez y... en fin, hay tantas posibles hipótesis de lo que podría pasarte. ¿No entiendes nada? No te preocupes, empezaré por el principio de los principios: soy un hada. Es decir, eres un hada. Sin alas y esas mariconadas, que coño te has creído William. Todo empezó (como en todo cuento de hadas) cuando un día, la princesa de un lejano reino del Ensueño... corta el rollo tío. En fin, todo empezó cuando te becaron para un instituto de pijos por tu cara bonita (nunca viste ninguna otra razón, te dijeron que tenías talento para la actuación pero sabes que quieren Hollywood... bueno, vale, tal vez allí dentro tengan una calidad de enseñanza de la leche y realmente te enseñen a actuar... pero sabes que, a pesar de todo, quieren Hollywood). En fin, el primer día de clase, vestido con un uniforme que vale más que la ropa de los domingos de tus primos (de todos ellos), conociste a Cathy y a Rebecca. Cathy: carilla de ratona, pelo negro, morena, delgadita, bastante mona. Rebecca: pelirroja, ojos verdes, pecas (como no), delgada, también mona, pero sin el cierto toque de fragilidad que tiene Cathy. Parecían de lejos las tías con más personalidad de la clase. Ese día, ya tuviste problemas. Es lo que tiene, la gente te quiere o te odia, normalmente no hay término medio. El típico matón de la clase (James, en este caso) te tenía preparado el uniforme de repuesto completamente manchado de tip-ex. James era un cabronazo con muy buen ojo para la gente especial, el tema es que solía discriminar por sexos: se enamoraba de las tías y odiaba a los tíos. A partir de ahí, comenzaste a conocer a todo el mundo. El segundo día conociste a Warren. Warren: es (desafortunadamente, aún no ha muerto) un gilipollas y sus manos te ponen desde un primer momento muy muy nervioso. Es que suele hacer un movimiento con ellas, como si fueran arañas que... Te odió desde el primer momento. También conociste a Dresden, y la pandilla de emos paquetes. Dresden era algo así como el líder de los emos, una panda paquetes canijos maqueados con muchos piercings y bobadas (bueno, no es que tú fueras más fuerte que ellos por aquel entonces...). Dresden era el único que tenía un mínimo de personalidad escondida tras tantos complementos. Tiene el pelo liso y oscuro, largo, que suele recogerse de alguna manera; ojos marrones, bastante bonitos. También lleva 3 o 4 piercings por la cara: labio, nariz, ceja, lengua, y suele quitarse unos y ponerse otros depende del día y de como se vista; se maquilla para los descansos entre clase, y también lleva los complementos que le permita el uniforme, normalmente un cinturón/puño americano. Cuando te lo presentaron las chicas, bastante entusiasmadas en plan de: mira que tío más guay ( a Cathy le gustaba), te dio mal rollo. Estaba claro que tenía que tener algo de personalidad, pero... no entendías por qué todo el mundo pensaba que era tan especial. Primeras impresiones, es lo que tiene. No recuerdo muy bien cuándo empezaron los sueños, supongo que unos cuantos días después de empezar las clases. Y déjame decirte que con esos sueños, empezaste a ver cosas raras de vez en cuando. Los más vívidos son los siguientes, y por el momento se han cumplido dos de ellos: 1. Masacre en la Casa de los Espejos: en este sueño, presenciabas una auténtica masacre. En un bando, gente bohemia, luminosa, montados en caballos, unicornios... combatiendo contra hordas de hombres zorro, seres con bocas enormes y glotones. La batalla la perdían la gente bohemia. Del reino en el que se encontraban no quedaba nada. 2. Persecución de la nervosa por el metro: en el metro, volvías a soñar con los glotones, que te perseguían. Corrías por el vagón hasta que, sin saber exactamente como, salías al aire libre. Estabas corriendo por un bosque. A tu alrededor, había gente vestida estilo medieval, con armadura, que discutía planes que no llegabas a entender. 3. Persecución del garou hasta el instituto: de nuevo en el metro, te perseguía una criatura enorme, peluda y con garras. Salías corriendo, corriendo todo lo que podías hasta que parecía que te iban a explotar los pulmones. Llegabas al instituto pijo y saltabas la verja. Por algún extraño motivo, la criatura no podía franquear la verja, y se quedaba fuera rugiendo. A tu alrededor, comenzaba a arremolinarse un montón de gente gris, que parecía no verte. La multitud te empujaba y comenzaba a aplastarte. Cachondo, ¿verdad? Pues fue todavía más cachondo cuando empezaste a ver cosas raras. A veces, notabas como si alguien te llamase. Otras, veías ojos que te miran. Una vez corriendo, creíste ver algo en un callejón, que te pegó un garrazo y te dejó marca, como las garras de un glotón. Veías un gato que nadie más veía. Veías ojos dentro de tu taquilla... También soñabas con un unicornio. Un unicornio que huía de los glotones. Una y otra vez. Ese fin de semana saliste con la gente del instituto a un sitio con césped de la zona universitaria: Cathy, Rebecca y Warren. También estaba Dresden por ahí, y demás pijos del instituto. Te presentaron a Snuff, un camello algo colgado. Dresden te avisó de que, aunque le vendiese droga a los niñatos del instituto, esperaba que fueras lo suficientemente inteligente como para no pillarle nada. Definitivamente, es un chungo, es lo que pensaste. Esa noche, Cathy se “emborrachó” e intentó liarse contigo. Tú la besaste una vez, pero no quisiste enrollarte con una borracha, así que lo dejaste correr. El lunes te cayó una bronca incomprensible por su parte. Por cierto, esa noche viste cosas raras, movimientos extraños en la hierba. El resto del fin de semana lo pasaste en casa, estudiando como un niño bueno, cosa que duró poco. Ah, has leído la palabra clave: casa. Déjame hablarte de tu casa. Tienes, o tenías, un hermano mayor, Henry. La única persona con la que podías hablar de casa, básicamente. Se escapó de casa, te llamó una vez por teléfono y no has vuelto a saber de él. Supuestamente era un yonki de mucho cuidado. Y se marchó. Se marchó porque tu padre era un borracho que pegaba a tu madre. Discutían constantemente, la situación se volvió insostenible y tu padre le echó. Tu madre, una pequeña mártir, era y sigue siendo el Invierno personificado. La realidad, la Banalidad. El lunes, bronca incomprensible de Cathy. A ver, ¿cómo ibas a saber tú, que caballerosamente no quisiste aprovecharte de ella por estar borracha, que se estaba haciendo la borracha para liarse contigo? En serio, las mujeres son incomprensibles. Esa semana seguiste teniendo encontronazos con James, que intentabas evitar a toda costa. Al fin y al cabo, no eras nada contra un grupo de jugadores de rugby. Seguiste soñando con el unicornio. Cambiando de tema, déjame hablarte de tus profesores, o al menos de los que merece la pena hablar. Está Peter, el profesor de interpretación, un inglés rechoncho y bonachón con acento de Oxford y típico humor inglés. Su risa es cálida. Luego está Miss Margaret, la profesora de Arte. Carismática, hermosa. También ronda por ahí un rubio con coleta que no te da clase, el profesor Jones. Es el profesor Jones el que un día te sonrió y te lanzó un dólar antiguo de plata. Dresden se acercó a ti en algún que otro recreo, se puso cariñoso, te abrazó, te dijo que eras como un duendecillo que le alegraba el día. Sí, quería llevarte a la cama. Otro día te mandó llamar a una azotea de la escuela y te explicó, porque no quería que pensaras mal de él, que había ciertos rumores que corrían por ahí en el instituto y que eran ciertos, que quería comentártelos antes de que te enterases por otras personas. Te explicó que intentó suicidarse hace un tiempo, te enseñó las cicatrices verticales. “Vaya, realmente querías morir” es lo que le dijiste, y él te lo confirmó. Lo otro que te dijo es que una vez rajó a un tío que se estaba metiendo con él. Que lo hizo, y que es cierto. Tú le respondiste que no te importaba. De hecho, desde ese momento, te importan bastante poco las cosas malas que Dresden hace. Por algún extraño motivo (créeme, yo sigo sin explicármelo) no puedes enfadarte con él. Después te dijo que había algo más que había hecho, pero que no te lo iba a contar por el momento, porque no quería asustarte, ya que, por el momento, no tenía intenciones sexuales hacia tu persona. Mentira todo. Te fuiste, era la hora de volver a clase. Él te dijo que Miss Margaret iba a llegar tarde a clase porque unos amigos suyos iban a ir a preguntarle algunas dudas. Te fuiste de todas formas. Tenía razón. Esa semana, Cathy, Rebecca, Warren y tú os disteis cuenta de que veíais cosas raras. No hace falta que te recuerde que Warren era un dolor, un puto baboso de los cojones que no hacía más que comerse con la mirada a Cathy y a Rebecca. (A ver, tú también lo hacías de vez en cuando, al fin y al cabo tienes hormonas como buen adolescente, pero nunca de manera tan descarada. La gran diferencia entre tú y él es que tú estás interesado en la amistad de las chicas, y él simplemente quiere follárselas fingiendo ser su amigo). Estabais todos sentados en la hierba, y había movimientos extraños, corrientes de aire que no sentíais pero que veíais. Todos pensabais que os estabais volviendo locos, y bueno, fue en ese momento cuando alguien confesó que veía cosas raras y todos lo flipasteis y respondisteis que vosotros también, así que Rebecca decidió que hicierais un ritual celta (su familia es irlandesa) para canalizar energía. Cuando ya no quedaba nadie, hicisteis el ritual, con el dólar de plata que te dio Jones. Un viento extraño se arremolinó a vuestro alrededor. El Glamour se percibía en el ambiente. De repente, en el claro de césped irrumpió un unicornio. El unicornio. Ese unicornio con el que llevabas días soñando, una y otra vez. Estaba herido, y lo perseguían los glotones, esos que viste en el callejón y que te dejaron una marca de garra. El unicornio corrió y se metió dentro del instituto. Salisteis corriendo detrás, a vosotros también os perseguían los glotones. Os encerrasteis en una clase con el unicornio, que se tumbó agotado en el suelo, y atrancasteis la puerta. El costado herido del unicornio, empapado en sangre, subía arriba y abajo debido a su respiración agitada. Todos os arremolinasteis a su alrededor, sin saber exactamente qué estaba pasando. El unicornio, que obviamente, como todos los unicornios que habías conocido (nótese la ironía), sabía hablar, os dijo que estaba huyendo de una batalla que había habido en la Casa de los Espejos, y que esos glotones le perseguían para que no contara lo que había ocurrido allí. Mientras empezabais a hacerle preguntas, porque no entendíais demasiado, los glotones empezaron a golpear los cristales de las ventanas con intención de romperlos. Decidisteis salir corriendo, el unicornio os dijo que él se encargaría de los glotones. Corristeis mucho tiempo, todos delante del unicornio, con los glotones pisándoos los talones. Cuando creísteis haberles dado esquinazo (por cierto, olvida el mundo real, estabas en un mundo de fantasía bastante alucinante) el unicornio os mostró el motivo por el que estaba huyendo. Delante de vosotros, se proyectó una escena que a ti te resultó familiar: aquella batalla que viste en sueños. Esa misma batalla. El unicornio os explicó que el lugar donde se combatía era un feudo de hadas, llamado la Casa de los Espejos, y que las hadas que vivían allí era la gente bohemia. Habían sido atacados por sorpresa por otro feudo de hadas oscuras, llamado la Casa del Zorro, a la que pertenecían los hombres-zorro, las hadas de boca gigantesca y los glotones. La Casa del Zorro había masacrado a todas y cada una de las hadas del feudo, y también a las quimeras (las quimeras, para entendernos, son aquellos seres que habitan el Ensueño, el mundo de las hadas, pero que no son hadas, como podría ser este unicornio. Aunque también pueden ser inanimadas...). El unicornio había escapado al parecer como único superviviente, y los glotones le perseguían para evitar que la verdad no llegara al resto de las hadas. Justo en el momento en el que el unicornio os encomendaba que no dejarais que la verdad cayese en el olvido, os alcanzaron los glotones. El unicornio se lanzó automáticamente a por uno de ellos y lo atravesó por completo con su cuerno. El otro que quedaba hizo amago de tirarse a por vosotros, y te lanzaste a hacerle un placaje. El unicornio se enzarzó con él, y tras breves segundos y un par de garrazos, el glotón acabó muriendo bajo el cuerno del unicornio, que se encontraba bastante malherido. El unicornio se giró hacia vosotros y os instó a no olvidar, a contarle la verdad al resto de las hadas. Acto seguido, comenzó a desvanecerse, como a perder sustancia, y pudisteis sentir como su energía, su Glamour, penetraba en vosotros por cada uno de vuestros poros. Finalmente, una pequeña luz blanca brilló y se metió dentro de tu cuerpo. Después de todo aquello, os encontrasteis en el mundo real, en un rincón de Central Park. Todos estabais bastante conmocionados por la situación, así que sin muchas palabras os fuisteis a dormir. Llegaste a casa y te tiraste en la cama, completamente hecho polvo y con la cabeza hecha un lío. Esa noche, volviste a soñar con el unicornio, que te instaba a no olvidar. Cuando despertaste, tu madre estaba preocupada. Habías dormido dos días seguidos, según el médico de puro agotamiento. Lo primero que viste al mirarte al espejo del baño, con ojeras y mala cara, fueron un par de ojos verdes, muy verdes. Déjame explicarte: siempre has tenido los ojos verdes, pero aquel verde era simplemente sobrenatural. Fosforito. Dos putas esmeraldas iluminadas por una luz muy brillante que te contemplaban con asombro. Tu rostro también había cambiado ligeramente, era un poco más adulto. El cabello mantenía el mismo color dorado, pero te había crecido hasta un poco más allá de los hombros, y se te ondulaba ligeramente. Tus orejas eran ligeramente picudas, como las de un elfo (¿por qué?). No lo sabías con certeza, pero lo intuías: eras un hada. Tú también eras un hada. Eras un hada y tenías una maldita misión.