Apenas recuerdo esa noche... quizá la parte consciente de mi cerebro ha decidido desterrarla al inconsciente. De ese pozo construido sólo emanan unos gritos, unas capas negras, el olor a sangre, el miedo, y la euforia entremezclados. Un despertar confuso... y un sentimiento de vacío que jamás había experimentado.
Pero quizá sea mejor empezar por el principio de los tiempos.
Nunca tuve una relación muy estrecha con mis padres. Él, inmigrante japonés, sólo esperaba hacerse un hueco en el mundo y se dedicaba en cuerpo y alma a ello, descuidando a su familia.
Si no recuerdo mal, me decían que había heredado los ojos de mi madre. Y aparte de mi mirada esmeralda, unas fotos, una bufanda, una nana y un anillo que nunca divorcio de mi dedo anular, más por superstición e inercia que por cariño, no llevo conmigo mucho más de ella.
Nunca me enamoré, y si lo hice, nunca dejé que la pasión me cegara. Mi amor fue el haikidou, el único legado que mi padre me dejó en herencia. Por tanto, las virtudes de la mesura y el autocontrol (al menos en cuanto al plano romántico-amoroso se refiere) las cultivé a rajatabla. (Ahora sí, sentimentalismos o sentimientos aparte, creo que supe como pocos rendir culto a Baco.) Y como no sólo de clases se puede vivir, terminé en unos tugurios bailando con mi sempiterno mono.
El día que vi el anuncio de Busco a Jacks, me dije: "esa tía me ha copiado fijo".
Pero vayamos al grano. Allí lo conocí a él. Aquel que me bautizó con el nombre de Boadicea (en lugar de mi verdadero nombre, que nunca sabréis, muahahaha, ejem, en fin.) Me dijo que mi baile, mi vida, mi actitud emulaban a una guerrera celta, a la reina de los icenos.
No sé cuál sería su grito de guerra, pero el mío, confieso, sería:
You can never wear too much black, you can never wear too much “Busco a Jacks” ^ ^
30 ene 2009
Historia inicial. Will.
Un breve resumen de mi vida en los últimos meses (o de cómo me granjeé tantos enemigos) Capítulo 1
Estimado William: Soy tú. Si estás leyendo esto, seguramente te estés preguntando a qué cojones viene. Pues que lo sepas, esto lo escribo por si acaso tu madre (mi madre) decide un día observarte tiernamente durante horas mientras duermes y acabas siendo cajero de un McDonalds. Sería bastante irónico. O por si te borran la memoria y te despiertas tirado en tu cama, sin recordar nada de las últimas semanas, con todo el mobiliario destrozado, manchas de sangre en la pared y un vídeo que muestra como una de tus amigas huye aterrorizada mientras la golpeas. O por si intentan matarte otra vez y... en fin, hay tantas posibles hipótesis de lo que podría pasarte. ¿No entiendes nada? No te preocupes, empezaré por el principio de los principios: soy un hada. Es decir, eres un hada. Sin alas y esas mariconadas, que coño te has creído William. Todo empezó (como en todo cuento de hadas) cuando un día, la princesa de un lejano reino del Ensueño... corta el rollo tío. En fin, todo empezó cuando te becaron para un instituto de pijos por tu cara bonita (nunca viste ninguna otra razón, te dijeron que tenías talento para la actuación pero sabes que quieren Hollywood... bueno, vale, tal vez allí dentro tengan una calidad de enseñanza de la leche y realmente te enseñen a actuar... pero sabes que, a pesar de todo, quieren Hollywood). En fin, el primer día de clase, vestido con un uniforme que vale más que la ropa de los domingos de tus primos (de todos ellos), conociste a Cathy y a Rebecca. Cathy: carilla de ratona, pelo negro, morena, delgadita, bastante mona. Rebecca: pelirroja, ojos verdes, pecas (como no), delgada, también mona, pero sin el cierto toque de fragilidad que tiene Cathy. Parecían de lejos las tías con más personalidad de la clase. Ese día, ya tuviste problemas. Es lo que tiene, la gente te quiere o te odia, normalmente no hay término medio. El típico matón de la clase (James, en este caso) te tenía preparado el uniforme de repuesto completamente manchado de tip-ex. James era un cabronazo con muy buen ojo para la gente especial, el tema es que solía discriminar por sexos: se enamoraba de las tías y odiaba a los tíos. A partir de ahí, comenzaste a conocer a todo el mundo. El segundo día conociste a Warren. Warren: es (desafortunadamente, aún no ha muerto) un gilipollas y sus manos te ponen desde un primer momento muy muy nervioso. Es que suele hacer un movimiento con ellas, como si fueran arañas que... Te odió desde el primer momento. También conociste a Dresden, y la pandilla de emos paquetes. Dresden era algo así como el líder de los emos, una panda paquetes canijos maqueados con muchos piercings y bobadas (bueno, no es que tú fueras más fuerte que ellos por aquel entonces...). Dresden era el único que tenía un mínimo de personalidad escondida tras tantos complementos. Tiene el pelo liso y oscuro, largo, que suele recogerse de alguna manera; ojos marrones, bastante bonitos. También lleva 3 o 4 piercings por la cara: labio, nariz, ceja, lengua, y suele quitarse unos y ponerse otros depende del día y de como se vista; se maquilla para los descansos entre clase, y también lleva los complementos que le permita el uniforme, normalmente un cinturón/puño americano. Cuando te lo presentaron las chicas, bastante entusiasmadas en plan de: mira que tío más guay ( a Cathy le gustaba), te dio mal rollo. Estaba claro que tenía que tener algo de personalidad, pero... no entendías por qué todo el mundo pensaba que era tan especial. Primeras impresiones, es lo que tiene. No recuerdo muy bien cuándo empezaron los sueños, supongo que unos cuantos días después de empezar las clases. Y déjame decirte que con esos sueños, empezaste a ver cosas raras de vez en cuando. Los más vívidos son los siguientes, y por el momento se han cumplido dos de ellos: 1. Masacre en la Casa de los Espejos: en este sueño, presenciabas una auténtica masacre. En un bando, gente bohemia, luminosa, montados en caballos, unicornios... combatiendo contra hordas de hombres zorro, seres con bocas enormes y glotones. La batalla la perdían la gente bohemia. Del reino en el que se encontraban no quedaba nada. 2. Persecución de la nervosa por el metro: en el metro, volvías a soñar con los glotones, que te perseguían. Corrías por el vagón hasta que, sin saber exactamente como, salías al aire libre. Estabas corriendo por un bosque. A tu alrededor, había gente vestida estilo medieval, con armadura, que discutía planes que no llegabas a entender. 3. Persecución del garou hasta el instituto: de nuevo en el metro, te perseguía una criatura enorme, peluda y con garras. Salías corriendo, corriendo todo lo que podías hasta que parecía que te iban a explotar los pulmones. Llegabas al instituto pijo y saltabas la verja. Por algún extraño motivo, la criatura no podía franquear la verja, y se quedaba fuera rugiendo. A tu alrededor, comenzaba a arremolinarse un montón de gente gris, que parecía no verte. La multitud te empujaba y comenzaba a aplastarte. Cachondo, ¿verdad? Pues fue todavía más cachondo cuando empezaste a ver cosas raras. A veces, notabas como si alguien te llamase. Otras, veías ojos que te miran. Una vez corriendo, creíste ver algo en un callejón, que te pegó un garrazo y te dejó marca, como las garras de un glotón. Veías un gato que nadie más veía. Veías ojos dentro de tu taquilla... También soñabas con un unicornio. Un unicornio que huía de los glotones. Una y otra vez. Ese fin de semana saliste con la gente del instituto a un sitio con césped de la zona universitaria: Cathy, Rebecca y Warren. También estaba Dresden por ahí, y demás pijos del instituto. Te presentaron a Snuff, un camello algo colgado. Dresden te avisó de que, aunque le vendiese droga a los niñatos del instituto, esperaba que fueras lo suficientemente inteligente como para no pillarle nada. Definitivamente, es un chungo, es lo que pensaste. Esa noche, Cathy se “emborrachó” e intentó liarse contigo. Tú la besaste una vez, pero no quisiste enrollarte con una borracha, así que lo dejaste correr. El lunes te cayó una bronca incomprensible por su parte. Por cierto, esa noche viste cosas raras, movimientos extraños en la hierba. El resto del fin de semana lo pasaste en casa, estudiando como un niño bueno, cosa que duró poco. Ah, has leído la palabra clave: casa. Déjame hablarte de tu casa. Tienes, o tenías, un hermano mayor, Henry. La única persona con la que podías hablar de casa, básicamente. Se escapó de casa, te llamó una vez por teléfono y no has vuelto a saber de él. Supuestamente era un yonki de mucho cuidado. Y se marchó. Se marchó porque tu padre era un borracho que pegaba a tu madre. Discutían constantemente, la situación se volvió insostenible y tu padre le echó. Tu madre, una pequeña mártir, era y sigue siendo el Invierno personificado. La realidad, la Banalidad. El lunes, bronca incomprensible de Cathy. A ver, ¿cómo ibas a saber tú, que caballerosamente no quisiste aprovecharte de ella por estar borracha, que se estaba haciendo la borracha para liarse contigo? En serio, las mujeres son incomprensibles. Esa semana seguiste teniendo encontronazos con James, que intentabas evitar a toda costa. Al fin y al cabo, no eras nada contra un grupo de jugadores de rugby. Seguiste soñando con el unicornio. Cambiando de tema, déjame hablarte de tus profesores, o al menos de los que merece la pena hablar. Está Peter, el profesor de interpretación, un inglés rechoncho y bonachón con acento de Oxford y típico humor inglés. Su risa es cálida. Luego está Miss Margaret, la profesora de Arte. Carismática, hermosa. También ronda por ahí un rubio con coleta que no te da clase, el profesor Jones. Es el profesor Jones el que un día te sonrió y te lanzó un dólar antiguo de plata. Dresden se acercó a ti en algún que otro recreo, se puso cariñoso, te abrazó, te dijo que eras como un duendecillo que le alegraba el día. Sí, quería llevarte a la cama. Otro día te mandó llamar a una azotea de la escuela y te explicó, porque no quería que pensaras mal de él, que había ciertos rumores que corrían por ahí en el instituto y que eran ciertos, que quería comentártelos antes de que te enterases por otras personas. Te explicó que intentó suicidarse hace un tiempo, te enseñó las cicatrices verticales. “Vaya, realmente querías morir” es lo que le dijiste, y él te lo confirmó. Lo otro que te dijo es que una vez rajó a un tío que se estaba metiendo con él. Que lo hizo, y que es cierto. Tú le respondiste que no te importaba. De hecho, desde ese momento, te importan bastante poco las cosas malas que Dresden hace. Por algún extraño motivo (créeme, yo sigo sin explicármelo) no puedes enfadarte con él. Después te dijo que había algo más que había hecho, pero que no te lo iba a contar por el momento, porque no quería asustarte, ya que, por el momento, no tenía intenciones sexuales hacia tu persona. Mentira todo. Te fuiste, era la hora de volver a clase. Él te dijo que Miss Margaret iba a llegar tarde a clase porque unos amigos suyos iban a ir a preguntarle algunas dudas. Te fuiste de todas formas. Tenía razón. Esa semana, Cathy, Rebecca, Warren y tú os disteis cuenta de que veíais cosas raras. No hace falta que te recuerde que Warren era un dolor, un puto baboso de los cojones que no hacía más que comerse con la mirada a Cathy y a Rebecca. (A ver, tú también lo hacías de vez en cuando, al fin y al cabo tienes hormonas como buen adolescente, pero nunca de manera tan descarada. La gran diferencia entre tú y él es que tú estás interesado en la amistad de las chicas, y él simplemente quiere follárselas fingiendo ser su amigo). Estabais todos sentados en la hierba, y había movimientos extraños, corrientes de aire que no sentíais pero que veíais. Todos pensabais que os estabais volviendo locos, y bueno, fue en ese momento cuando alguien confesó que veía cosas raras y todos lo flipasteis y respondisteis que vosotros también, así que Rebecca decidió que hicierais un ritual celta (su familia es irlandesa) para canalizar energía. Cuando ya no quedaba nadie, hicisteis el ritual, con el dólar de plata que te dio Jones. Un viento extraño se arremolinó a vuestro alrededor. El Glamour se percibía en el ambiente. De repente, en el claro de césped irrumpió un unicornio. El unicornio. Ese unicornio con el que llevabas días soñando, una y otra vez. Estaba herido, y lo perseguían los glotones, esos que viste en el callejón y que te dejaron una marca de garra. El unicornio corrió y se metió dentro del instituto. Salisteis corriendo detrás, a vosotros también os perseguían los glotones. Os encerrasteis en una clase con el unicornio, que se tumbó agotado en el suelo, y atrancasteis la puerta. El costado herido del unicornio, empapado en sangre, subía arriba y abajo debido a su respiración agitada. Todos os arremolinasteis a su alrededor, sin saber exactamente qué estaba pasando. El unicornio, que obviamente, como todos los unicornios que habías conocido (nótese la ironía), sabía hablar, os dijo que estaba huyendo de una batalla que había habido en la Casa de los Espejos, y que esos glotones le perseguían para que no contara lo que había ocurrido allí. Mientras empezabais a hacerle preguntas, porque no entendíais demasiado, los glotones empezaron a golpear los cristales de las ventanas con intención de romperlos. Decidisteis salir corriendo, el unicornio os dijo que él se encargaría de los glotones. Corristeis mucho tiempo, todos delante del unicornio, con los glotones pisándoos los talones. Cuando creísteis haberles dado esquinazo (por cierto, olvida el mundo real, estabas en un mundo de fantasía bastante alucinante) el unicornio os mostró el motivo por el que estaba huyendo. Delante de vosotros, se proyectó una escena que a ti te resultó familiar: aquella batalla que viste en sueños. Esa misma batalla. El unicornio os explicó que el lugar donde se combatía era un feudo de hadas, llamado la Casa de los Espejos, y que las hadas que vivían allí era la gente bohemia. Habían sido atacados por sorpresa por otro feudo de hadas oscuras, llamado la Casa del Zorro, a la que pertenecían los hombres-zorro, las hadas de boca gigantesca y los glotones. La Casa del Zorro había masacrado a todas y cada una de las hadas del feudo, y también a las quimeras (las quimeras, para entendernos, son aquellos seres que habitan el Ensueño, el mundo de las hadas, pero que no son hadas, como podría ser este unicornio. Aunque también pueden ser inanimadas...). El unicornio había escapado al parecer como único superviviente, y los glotones le perseguían para evitar que la verdad no llegara al resto de las hadas. Justo en el momento en el que el unicornio os encomendaba que no dejarais que la verdad cayese en el olvido, os alcanzaron los glotones. El unicornio se lanzó automáticamente a por uno de ellos y lo atravesó por completo con su cuerno. El otro que quedaba hizo amago de tirarse a por vosotros, y te lanzaste a hacerle un placaje. El unicornio se enzarzó con él, y tras breves segundos y un par de garrazos, el glotón acabó muriendo bajo el cuerno del unicornio, que se encontraba bastante malherido. El unicornio se giró hacia vosotros y os instó a no olvidar, a contarle la verdad al resto de las hadas. Acto seguido, comenzó a desvanecerse, como a perder sustancia, y pudisteis sentir como su energía, su Glamour, penetraba en vosotros por cada uno de vuestros poros. Finalmente, una pequeña luz blanca brilló y se metió dentro de tu cuerpo. Después de todo aquello, os encontrasteis en el mundo real, en un rincón de Central Park. Todos estabais bastante conmocionados por la situación, así que sin muchas palabras os fuisteis a dormir. Llegaste a casa y te tiraste en la cama, completamente hecho polvo y con la cabeza hecha un lío. Esa noche, volviste a soñar con el unicornio, que te instaba a no olvidar. Cuando despertaste, tu madre estaba preocupada. Habías dormido dos días seguidos, según el médico de puro agotamiento. Lo primero que viste al mirarte al espejo del baño, con ojeras y mala cara, fueron un par de ojos verdes, muy verdes. Déjame explicarte: siempre has tenido los ojos verdes, pero aquel verde era simplemente sobrenatural. Fosforito. Dos putas esmeraldas iluminadas por una luz muy brillante que te contemplaban con asombro. Tu rostro también había cambiado ligeramente, era un poco más adulto. El cabello mantenía el mismo color dorado, pero te había crecido hasta un poco más allá de los hombros, y se te ondulaba ligeramente. Tus orejas eran ligeramente picudas, como las de un elfo (¿por qué?). No lo sabías con certeza, pero lo intuías: eras un hada. Tú también eras un hada. Eras un hada y tenías una maldita misión.Historia inicial. Orestes.
Es difícil ser vampiro.
Ya sé lo que la mayoría podría pensar: ¿de qué se queja este tío? Poderes, vida eterna...
Pues, para empezar, yo no pedí ser transformado. Ser una bestia sedienta de sangre no entraba dentro de mis prioridades, la verdad.
También es difícil ser un Vástago, si queremos ponernos con florituras, si tu sire es un completo gilipollas.
¿Amor por mi sire? ¿Respeto por aquel que me creó?
Bueno, eso déjaselo al resto de Chiquillos, como a Zaraida con su idolatrado Joseph.
Mi bienamado padre eterno es un capullo. Así, como lo oyes, C-A-P-U-L-L-O. Un capullo con buen gusto, eso si, ya que me eligió a mi para continuar con su línea de sangre. Es un capullo, y tengo que aguantarle hasta el fin de mis días. O de los suyos.
Supongo que debería empezar por mi vida mortal. Para algunos Vástagos, hablar de su vida mortal es algo tedioso, y que sucedió hace tanto tiempo... Vale, pues yo fallecí con 21 años y medio. Acabo de cumplir 22, ¿algún problema? Nadie más aparte de mí y del resto de vampiros de Nueva York sabe que estoy muerto. O mejor dicho, no-muerto.
Tengo que decir que a mi me pasó algo curioso. ¿Sabes todo eso de que los vampiros no respiran, ni les late el corazón, ni les funcionan los órganos internos? Bueno, eso no se aplica en mi caso. Mi cuerpo sigue comportádose como si estuviese vivo. De hecho, puedo incluso tragarme una buena ración de perritos calientes con cerveza si quiero, aunque claro, sabe mejor la sangre. Malditos gustos culinarios adquiridos. Ahora, cuando quiero emborracharme, simplemente tengo que buscarme a una tipa que esté bastante pasada de rosca, un par de miradas, un par de frases cruzadas y roces, un mordisco y voilá, noche etílica al canto.
Bueno, pues yo hace menos de un año era un estudiante modelo de la Universidad de Nueva York. Durante toda mi vida fui un empollón lo suficientemente inteligente como para no descuidar ni mi físico ni mi vida social, así que era un empollón (perdón, cuando llegas a la universidad el término se cambia por intelectual) con amigos. Al acabar el instituto, el típico que tiene a los niños mayores vendiendo droga en la puerta, solicité una beca de la hostia para hacer algo útil con mi cerebro.
Mis obsesiones particulares eran la filosofía, la historia clásica y las ciencias políticas, así que, aprovechándome del sistema educativo estadounidense, hice una mezcolanza de asignaturas que me gustaba bastante. Durante tres años, aparte de ser estudiante a tiempo completo, también fui el líder del sindicato de estudiantes de la universidad. Ya lo he dicho, estudiaba ciencias políticas y nací en un barrio pobre, ¿qué esperabas? Yo era de esos que daban mítines y hacían propuestas esperando cambiar algo. La gente veía en mi a un líder nato. En un principio eso no parecía ser nada malo, pero resultó ser la clave de mi desgracia. Tortura eterna. Como quieras llamarlo.
Pues resulta que, precisamente en uno de esos mítines (improvisado, en la zona de bares de la universidad), capté la atención de mi actual sire, Leónidas. Digamos que Leónidas es un motero rubio y grande con malas pulgas y peores aspiraciones políticas. Aquella noche, yo llevaba una chupa de cuero que me había regalado mi amiga-con-derecho-a-roce-Agnes. Mala elección de ropa, creo que eso terminó de encandilarlo.
Leónidas se encontraba con algunos compañeros del clan Brujah aquella noche, entre ellos Vic, una encantadora ex-poli corrupta. Parece que estaban discutiendo asuntos serios, cuando una panda de universitarios borrachos interrumpió su charla con escandalosos vítores. Y, en el centro de todo aquel asunto, estaba yo, subiéndome entre risas a unas cajas para soltar un discurso improvisado lleno de grandes promesas de cambio. Idiota, idiota, idiota.
No sólo llamé la atención de Leónidas esa noche. Vic, mi querida Vic, llevaba algún tiempo buscando un posible candidato para ser su Chiquillo. Leónidas vio su interés por mi persona, y realizando probablemente la primera y última jugada inteligente de su vida, no mencionó que también me había puesto en el punto de mira. Movió los hilos más deprisa que su compañera de clan, y de la noche a la mañana... tenía un Chiquillo. Es decir, yo.
En mi vida mortal, me tropecé sólo un par de veces con Leónidas. Se me acercó una noche en un bar, acompañado por supuesto de su presencia y carisma sobrenaturales, y me fascinó. Comenzó a hablarme de política, de cambio, de un mundo mejor. Me llevó con él a conocer a algunos de sus "amigos", me ayudó una vez que unos capullos de la universidad intentaron pegarme una paliza. Y, sin previo aviso, un día me propuso terminar una larga conversación sobre política ("¿Crees en la inmortalidad?" "La inmortalidad es que hablen de ti los libros de historia.") en su casa, hasta que saliera el sol.
Sé lo que estáis pensando, pero no sabéis lo que cambia la concepción de alguien cuando tiene carisma sobrenatural. Ojalá lo que hubiera querido fuera echarme un polvo. Me abrió la puerta de un sitio bastante anodino, bastante tapadera, y mientras yo buscaba la luz del pasillo, me agarró y me mató. Así de claro, así de simple. Nada de preguntas, nada de delicadezas. Después su sangre se deslizó por mi garganta. Preferiría no hablar del momento en que me desperté.
Lo divertido del asunto es que Leónidas tenía ciertos planes para mi persona. Ciertos planes con los que no estoy de acuerdo. Digamos que su vision de la política y mi visión de la política no acaban de coincidir del todo.
Bueno, he de añadir que mi sire, aparte de gilipollas, es bastante sobreprotector. Es lo que tiene que Vic también quisiese Abrazarme. Ella pensaba ser más amable y pensaba dejarme al menos terminar mis estudios antes de acercarse a mi con propuestas de inmortalidad.
Vic ha sido y es mi salvavidas, la única cosa que ha hecho que no me muera de asco. Cuando Leónidas no mira, ella y yo hablamos. Ella me ayuda cuando tengo un problema, ella distrae a Leónidas cuando lo necesito. Y, os preguntaréis, ¿qué le doy yo a cambio?
Eso tendréis que descubrirlo.
Ya sé lo que la mayoría podría pensar: ¿de qué se queja este tío? Poderes, vida eterna...
Pues, para empezar, yo no pedí ser transformado. Ser una bestia sedienta de sangre no entraba dentro de mis prioridades, la verdad.
También es difícil ser un Vástago, si queremos ponernos con florituras, si tu sire es un completo gilipollas.
¿Amor por mi sire? ¿Respeto por aquel que me creó?
Bueno, eso déjaselo al resto de Chiquillos, como a Zaraida con su idolatrado Joseph.
Mi bienamado padre eterno es un capullo. Así, como lo oyes, C-A-P-U-L-L-O. Un capullo con buen gusto, eso si, ya que me eligió a mi para continuar con su línea de sangre. Es un capullo, y tengo que aguantarle hasta el fin de mis días. O de los suyos.
Supongo que debería empezar por mi vida mortal. Para algunos Vástagos, hablar de su vida mortal es algo tedioso, y que sucedió hace tanto tiempo... Vale, pues yo fallecí con 21 años y medio. Acabo de cumplir 22, ¿algún problema? Nadie más aparte de mí y del resto de vampiros de Nueva York sabe que estoy muerto. O mejor dicho, no-muerto.
Tengo que decir que a mi me pasó algo curioso. ¿Sabes todo eso de que los vampiros no respiran, ni les late el corazón, ni les funcionan los órganos internos? Bueno, eso no se aplica en mi caso. Mi cuerpo sigue comportádose como si estuviese vivo. De hecho, puedo incluso tragarme una buena ración de perritos calientes con cerveza si quiero, aunque claro, sabe mejor la sangre. Malditos gustos culinarios adquiridos. Ahora, cuando quiero emborracharme, simplemente tengo que buscarme a una tipa que esté bastante pasada de rosca, un par de miradas, un par de frases cruzadas y roces, un mordisco y voilá, noche etílica al canto.
Bueno, pues yo hace menos de un año era un estudiante modelo de la Universidad de Nueva York. Durante toda mi vida fui un empollón lo suficientemente inteligente como para no descuidar ni mi físico ni mi vida social, así que era un empollón (perdón, cuando llegas a la universidad el término se cambia por intelectual) con amigos. Al acabar el instituto, el típico que tiene a los niños mayores vendiendo droga en la puerta, solicité una beca de la hostia para hacer algo útil con mi cerebro.
Mis obsesiones particulares eran la filosofía, la historia clásica y las ciencias políticas, así que, aprovechándome del sistema educativo estadounidense, hice una mezcolanza de asignaturas que me gustaba bastante. Durante tres años, aparte de ser estudiante a tiempo completo, también fui el líder del sindicato de estudiantes de la universidad. Ya lo he dicho, estudiaba ciencias políticas y nací en un barrio pobre, ¿qué esperabas? Yo era de esos que daban mítines y hacían propuestas esperando cambiar algo. La gente veía en mi a un líder nato. En un principio eso no parecía ser nada malo, pero resultó ser la clave de mi desgracia. Tortura eterna. Como quieras llamarlo.
Pues resulta que, precisamente en uno de esos mítines (improvisado, en la zona de bares de la universidad), capté la atención de mi actual sire, Leónidas. Digamos que Leónidas es un motero rubio y grande con malas pulgas y peores aspiraciones políticas. Aquella noche, yo llevaba una chupa de cuero que me había regalado mi amiga-con-derecho-a-roce-Agnes. Mala elección de ropa, creo que eso terminó de encandilarlo.
Leónidas se encontraba con algunos compañeros del clan Brujah aquella noche, entre ellos Vic, una encantadora ex-poli corrupta. Parece que estaban discutiendo asuntos serios, cuando una panda de universitarios borrachos interrumpió su charla con escandalosos vítores. Y, en el centro de todo aquel asunto, estaba yo, subiéndome entre risas a unas cajas para soltar un discurso improvisado lleno de grandes promesas de cambio. Idiota, idiota, idiota.
No sólo llamé la atención de Leónidas esa noche. Vic, mi querida Vic, llevaba algún tiempo buscando un posible candidato para ser su Chiquillo. Leónidas vio su interés por mi persona, y realizando probablemente la primera y última jugada inteligente de su vida, no mencionó que también me había puesto en el punto de mira. Movió los hilos más deprisa que su compañera de clan, y de la noche a la mañana... tenía un Chiquillo. Es decir, yo.
En mi vida mortal, me tropecé sólo un par de veces con Leónidas. Se me acercó una noche en un bar, acompañado por supuesto de su presencia y carisma sobrenaturales, y me fascinó. Comenzó a hablarme de política, de cambio, de un mundo mejor. Me llevó con él a conocer a algunos de sus "amigos", me ayudó una vez que unos capullos de la universidad intentaron pegarme una paliza. Y, sin previo aviso, un día me propuso terminar una larga conversación sobre política ("¿Crees en la inmortalidad?" "La inmortalidad es que hablen de ti los libros de historia.") en su casa, hasta que saliera el sol.
Sé lo que estáis pensando, pero no sabéis lo que cambia la concepción de alguien cuando tiene carisma sobrenatural. Ojalá lo que hubiera querido fuera echarme un polvo. Me abrió la puerta de un sitio bastante anodino, bastante tapadera, y mientras yo buscaba la luz del pasillo, me agarró y me mató. Así de claro, así de simple. Nada de preguntas, nada de delicadezas. Después su sangre se deslizó por mi garganta. Preferiría no hablar del momento en que me desperté.
Lo divertido del asunto es que Leónidas tenía ciertos planes para mi persona. Ciertos planes con los que no estoy de acuerdo. Digamos que su vision de la política y mi visión de la política no acaban de coincidir del todo.
Bueno, he de añadir que mi sire, aparte de gilipollas, es bastante sobreprotector. Es lo que tiene que Vic también quisiese Abrazarme. Ella pensaba ser más amable y pensaba dejarme al menos terminar mis estudios antes de acercarse a mi con propuestas de inmortalidad.
Vic ha sido y es mi salvavidas, la única cosa que ha hecho que no me muera de asco. Cuando Leónidas no mira, ella y yo hablamos. Ella me ayuda cuando tengo un problema, ella distrae a Leónidas cuando lo necesito. Y, os preguntaréis, ¿qué le doy yo a cambio?
Eso tendréis que descubrirlo.
Historia inicial. Zaraida.
Primero os voy a situar:
Me hago llamar Zaraida, soy una chiquilla de un año, esto es desde el punto de vista vampírico claro está, mi aspecto físico sigue siendo el de una persona de unos veinte años (estatura media, 1.67 cm, constitución normalita y no tengo ninguna queja sobre mis medidas), pero me abrazaron hará más o menos un año. Y ese día volví a nacer.
No tengo recuerdos de mi vida pasada.
Ni de mi nombre,
ni de mi apellido,
ni de dónde nací,
ni de mi familia,
ni de qué estaba haciendo yo en Nueva York en pleno año universitario.
Sólo sé que la única persona que ha estado a mi lado, mi sire Joseph, sólo pudo decirme el nombre "Zaraida"y desde entonces así me llamo.
De vez en cuando tengo lo que quieren ser flashes de mi vida humana, pero sólo son manchas borrosas; no veo caras, por lo que no reconozco a nadie, no veo lugares, por lo que no reconozco donde estoy, sólo quedan imágenes borrosas y ligeras sensaciones.
Joseph, mi sire, la persona que me abrazó y me dio una nueva vida, no sabe nada sobre mí... raro, ¿verdad?
Normalmente los vampiros que tienen permiso para crear nuevos chiquillos son sumamente cautelosos a la hora de elegir, hay que tener en cuenta que es para toda la eternidad, pero a Joseph no le importó o si tenía otro motivo no me lo ha dicho, y si no me lo ha dicho será por una razón. El tiempo dirá.
Sé que me contó lo que iba a pasarme, que me estuvo rondando un tiempo antes de decidirse a convertirme (a ver, que tampoco es tan cabeza loca), y que me dio a elegir.
Siempre ha sido sincero conmigo, y yo desde que estoy con él también pero, por algún motivo que no recuerdo, en mi vida humana no lo fui: nunca le dije mi verdadero nombre.
Cuando nos conocimos le dije que me llamaba Zaraida, pero más tarde, cuando me sobrevino la amnesia, quedó demostrado que no lo era. ¿Por qué le dije eso? No lo sé. Supongo que en su momento mi instinto me dijo que mi sire no era una persona "normal" y que mejor no dar detalles de mi vida privada y menos aún de datos personales, ¿por ejemplo?
No tengo quejas sobre mi nueva "vida", así que tampoco estoy especialmente preocupada por recuperar mi memoria pero espero que esto no cause problemas a mi sire: mañana seré presentada ante el Príncipe Calebros y empezarán los trabajos... y entonces ¿qué pasará cuando me cruce con alguien que me conozca de mi vida mortal?
El tiempo dirá...
Me hago llamar Zaraida, soy una chiquilla de un año, esto es desde el punto de vista vampírico claro está, mi aspecto físico sigue siendo el de una persona de unos veinte años (estatura media, 1.67 cm, constitución normalita y no tengo ninguna queja sobre mis medidas), pero me abrazaron hará más o menos un año. Y ese día volví a nacer.
No tengo recuerdos de mi vida pasada.
Ni de mi nombre,
ni de mi apellido,
ni de dónde nací,
ni de mi familia,
ni de qué estaba haciendo yo en Nueva York en pleno año universitario.
Sólo sé que la única persona que ha estado a mi lado, mi sire Joseph, sólo pudo decirme el nombre "Zaraida"y desde entonces así me llamo.
De vez en cuando tengo lo que quieren ser flashes de mi vida humana, pero sólo son manchas borrosas; no veo caras, por lo que no reconozco a nadie, no veo lugares, por lo que no reconozco donde estoy, sólo quedan imágenes borrosas y ligeras sensaciones.
Joseph, mi sire, la persona que me abrazó y me dio una nueva vida, no sabe nada sobre mí... raro, ¿verdad?
Normalmente los vampiros que tienen permiso para crear nuevos chiquillos son sumamente cautelosos a la hora de elegir, hay que tener en cuenta que es para toda la eternidad, pero a Joseph no le importó o si tenía otro motivo no me lo ha dicho, y si no me lo ha dicho será por una razón. El tiempo dirá.
Sé que me contó lo que iba a pasarme, que me estuvo rondando un tiempo antes de decidirse a convertirme (a ver, que tampoco es tan cabeza loca), y que me dio a elegir.
Siempre ha sido sincero conmigo, y yo desde que estoy con él también pero, por algún motivo que no recuerdo, en mi vida humana no lo fui: nunca le dije mi verdadero nombre.
Cuando nos conocimos le dije que me llamaba Zaraida, pero más tarde, cuando me sobrevino la amnesia, quedó demostrado que no lo era. ¿Por qué le dije eso? No lo sé. Supongo que en su momento mi instinto me dijo que mi sire no era una persona "normal" y que mejor no dar detalles de mi vida privada y menos aún de datos personales, ¿por ejemplo?
No tengo quejas sobre mi nueva "vida", así que tampoco estoy especialmente preocupada por recuperar mi memoria pero espero que esto no cause problemas a mi sire: mañana seré presentada ante el Príncipe Calebros y empezarán los trabajos... y entonces ¿qué pasará cuando me cruce con alguien que me conozca de mi vida mortal?
El tiempo dirá...
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