Querido diario:
Hoy me apetecía dirigirme a ti de esta manera convencional.
(Y qué coño, mola ^^)
En fin, te cuento:
Me desperté sobre las 9 bastante saciada, por lo que me limité a ajustarme el mono y dar vueltas frenéticas a lo largo y ancho de la habitación: hoy es el “gran día”.
Y he de confesar que lo único que puede calmarme en este tipo de situaciones es un buen chute de Led Zeppelin. Me pongo Stairway to heaven (quién fuera Brujah, ains).
Pero con este comentario, querido lector, no saques conclusiones precipitadas; soy Caitiff a mucha honra.
Encasillamientos y etiquetas a mí, ¡ja!
Mi querida Jezabel (sí, querido diario, hoy tu propietaria se ha obsesionado con la palabra querido) me advierte y aconseja en el camino al Elíseo. Intento hacerle caso, pero mi mente está demasiado aturullada como para que las dendritas y las conexiones neuronales funcionen como debe ser. Tiempo al tiempo. En una noche, todo habrá pasado.
Llegamos al Elíseo. Y aunque sé que está prohibido hacer uso de superpoderes vampíricos , un poco de auxpex no le va a hacer daño a nadie. Descubro que uno de los guardias de la entrada es humano. Y que hoy ha comido un bocadillo de atún. Se le ha quedado una migaja insignificante al lado del labio inferior. (Soy buena, eeeeeeh.)
Jezabel me presenta a algunos colegas Gangrel, y más tarde, a mis nuevos "colegas" vampíricos.
Una chica muy maja, Zaraida, me tiende la mano. Me sorprende que no conozca la historia de su nombre. Siempre me ha parecido un mundo fascinante y sugerente, el de las etimologías e historias que se esconden detrás de ellos.
Su sire se muestra un poco petulante. Tengo que hacer alarde de mi maestría en llaves de haikidou para bajarle un poco los humos. Aunque he de confesar que es uno de los pocos vampiros afables que he conocido y que me cae bien.
Henri, nuestra “niñera”, es un peacho borde. Seguro que tiene un trauma, ¡tanta frialdad no es normal! Freud, ¡ayúdanos!
De repente, sin darme cuenta, estoy delante de Cálebros.
De súbito, sin advertirlo, me adelanto voluntariamente. (Por muy irónico que parezca)
Me dirijo a él, seguro que hace mucho que nadie le trata de tú a tú y en su fuero interno (que, no lo dudo, es mucho más atractivo/sensible que su capa exterior) (muajaja, me acabo de acordar del chiste de las capas de la cebolla, en fin), está pidiendo a gritos un poco de afabilidad y bufonismo.
Le muestro mis respetos a mi manera... escucho murmullos de desaprobación. Je m'en fous.
Los otros chiquillos siguen los estándares de educación y niquelan el protocolo. Olé.
Después de beber unas copas de sangre, vampirizar un poco y volver a hacer una llave de las mías, me vuelvo a casa: Jezabel me necesita.
31 ene 2009
Primera noche. Orestes. Segunda parte.
Para hablarnos de la misión, nos conducen al Club21, terreno Ventrue. Todos se montan en limusina. Yo, por supuesto, voy en mi moto. Tengo que cumplir con el estereotipo de mi clan.
El Club21 es un lugar de gente con mucha fama y mucha pasta. No sé que pinto aquí. La misión consiste en hacer de puta de un Ventrue. Mi primera noche como "mayor de edad" y ya está muy claro mi destino.
Recoger un objeto en un bar del Bronx. ¿Qué hace un Ventrue hablando con gente del Bronx? Lo que sea, Calebros ha exigido su presencia en un asunto, y nos toca a nosotros hacer de mensajeros.
Antes de salir para allá mando a Henri, el neonato Ventrue, a que se ponga ropa que esté un poco más acorde al barrio al que vamos. Vuelve con unas Panama Jack. Vamos a morir.
El nombre del bar me suena, pero Zaraida, la gran conocedora del Bronx, nos pierde por la zona sur. Esa zona llena de Setitas y reductos Sabbat, por lo que se rumorea. Genial. Para cuando me decido a intervenir ("Oye, creo que no es por aquí.") estamos en el culo del mundo.
Salimos del metro, y, cómo no, el Bronx nos da la bienvenida: pintadas, hogueras en mitad de la calle, miradas desafiantes... No me extraño cuando se acercan una banda de negrazos a pedirnos el aguinaldo. Las Panama Jack, junto con el cabello y la piel blanca, no hacen muy buena combinación en este barrio.
Aún no me explico cómo, pero el escuálido Ventrue logra hacer que, primero uno de los integrantes y después el jefe de la banda se meen encima y salgan corriendo, intentando conservar la poca dignidad que les queda. La que peor se arregla es Zaraida, a la que tengo que quitar un par de maromos de encima con "delicadeza".
Al final, damos la vuelta y llegamos al maldito bar. Abrimos la típica puerta de madera desvencijada pintada una y otra vez de verde para bajar unas escaleras oscuras. Cuando llegamos abajo, el espectáculo es distinto al esperado.
A ver, ya sabía que era un bar en el Bronx, pero, joder, lo de todo el mobiliario destrozado, cadáveres por los suelos, y una vampiresa rubia diabolizando al dueño...
Nuestra llegada causa expectación. Un rubio oxigenado completamente tatuado sale de detrás de la barra. Con un paquete en la mano. Mientras el dueño del bar se descompone en cenizas, la otra vampiresa que está a la vista se levanta relamiéndose y se va directamente a por el que tiene más pinta de lucecita: Henri.
Intento detenerla, obviamente. Las broncas serían demasiado gordas si muriese un Ventrue. En un estado de completa fascinación, la chica me golpea y salgo volando por los aires cuando intento sujetarla.
Mi aterrizaje no es suave, precisamente. Caigo detrás de unas mesas volcadas y me encuentro con la última invitada a la fiesta. Ropa de rockera, ojos rasgados, y un corazón aún caliente en las manos, que muerde con fruición. Joder, ¿me tenía que tocar a mí?
Annie (que así se llamaba) y yo nos miramos fijamente durante un largo rato, calibrándonos, alerta. De fondo se escucha conversación, principalmente de Henri y la rubia, ya que el tatuado se ha guardado el paquete en el bolsillo y se ha sentado sobre la barra para contemplar el espectáculo.
Es difícil prestar atención a lo que pasa a tu alrededor cuando tienes que vigilar a una Sabbat que se encuentra a escasos centímetros de tu rostro. Solo sé que en algún momento las chispas saltan invocando el desastre inevitable. Yo la golpeo con una silla, sin hacerle demasiado daño, y a cambio ella me muerde.
Ah, el mordisco de otro vampiro. No importa que sus intenciones sean homicidas, es demasiado placentero para poder resistirse.
En algún momento, no sé si pronto o tarde, recupero la consciencia y le devuelvo el mordisco a la belleza de ojos rasgados. Solo que yo no me dedico a chupar su sangre, si no a arrancarle la mayor parte de su precioso y fino cuello. Al parecer, en ese momento la cosa se pone fea para los Sabbat, por que deciden escapar antes que perder a su compañera, e inician la retirada por la puerta del almacén del bar. En mi defensa he de decir que estaba volando por los aires cuando el tatuado agarra a Annie con Celeridad y se pierde en la noche. Con el paquete.
Zaraida tiene una marca de garras en el pecho, y Henri, sorprendentemente, está ileso.
Volvemos al Elíseo e informamos a los interesados. El Ventrue parece realmente contrariado, pero él no tiene la marca de los colmillos de una loca hundidos en su cuello, la verdad.
En cuanto salgo, llamo a Vic, que ya sabía que estaba con Leónidas, y le pido que lo entretenga lo máximo posible.
En cuanto se entere del resultado de la misión, no me va a acoger con los brazos abiertos, precisamente.
El Club21 es un lugar de gente con mucha fama y mucha pasta. No sé que pinto aquí. La misión consiste en hacer de puta de un Ventrue. Mi primera noche como "mayor de edad" y ya está muy claro mi destino.
Recoger un objeto en un bar del Bronx. ¿Qué hace un Ventrue hablando con gente del Bronx? Lo que sea, Calebros ha exigido su presencia en un asunto, y nos toca a nosotros hacer de mensajeros.
Antes de salir para allá mando a Henri, el neonato Ventrue, a que se ponga ropa que esté un poco más acorde al barrio al que vamos. Vuelve con unas Panama Jack. Vamos a morir.
El nombre del bar me suena, pero Zaraida, la gran conocedora del Bronx, nos pierde por la zona sur. Esa zona llena de Setitas y reductos Sabbat, por lo que se rumorea. Genial. Para cuando me decido a intervenir ("Oye, creo que no es por aquí.") estamos en el culo del mundo.
Salimos del metro, y, cómo no, el Bronx nos da la bienvenida: pintadas, hogueras en mitad de la calle, miradas desafiantes... No me extraño cuando se acercan una banda de negrazos a pedirnos el aguinaldo. Las Panama Jack, junto con el cabello y la piel blanca, no hacen muy buena combinación en este barrio.
Aún no me explico cómo, pero el escuálido Ventrue logra hacer que, primero uno de los integrantes y después el jefe de la banda se meen encima y salgan corriendo, intentando conservar la poca dignidad que les queda. La que peor se arregla es Zaraida, a la que tengo que quitar un par de maromos de encima con "delicadeza".
Al final, damos la vuelta y llegamos al maldito bar. Abrimos la típica puerta de madera desvencijada pintada una y otra vez de verde para bajar unas escaleras oscuras. Cuando llegamos abajo, el espectáculo es distinto al esperado.
A ver, ya sabía que era un bar en el Bronx, pero, joder, lo de todo el mobiliario destrozado, cadáveres por los suelos, y una vampiresa rubia diabolizando al dueño...
Nuestra llegada causa expectación. Un rubio oxigenado completamente tatuado sale de detrás de la barra. Con un paquete en la mano. Mientras el dueño del bar se descompone en cenizas, la otra vampiresa que está a la vista se levanta relamiéndose y se va directamente a por el que tiene más pinta de lucecita: Henri.
Intento detenerla, obviamente. Las broncas serían demasiado gordas si muriese un Ventrue. En un estado de completa fascinación, la chica me golpea y salgo volando por los aires cuando intento sujetarla.
Mi aterrizaje no es suave, precisamente. Caigo detrás de unas mesas volcadas y me encuentro con la última invitada a la fiesta. Ropa de rockera, ojos rasgados, y un corazón aún caliente en las manos, que muerde con fruición. Joder, ¿me tenía que tocar a mí?
Annie (que así se llamaba) y yo nos miramos fijamente durante un largo rato, calibrándonos, alerta. De fondo se escucha conversación, principalmente de Henri y la rubia, ya que el tatuado se ha guardado el paquete en el bolsillo y se ha sentado sobre la barra para contemplar el espectáculo.
Es difícil prestar atención a lo que pasa a tu alrededor cuando tienes que vigilar a una Sabbat que se encuentra a escasos centímetros de tu rostro. Solo sé que en algún momento las chispas saltan invocando el desastre inevitable. Yo la golpeo con una silla, sin hacerle demasiado daño, y a cambio ella me muerde.
Ah, el mordisco de otro vampiro. No importa que sus intenciones sean homicidas, es demasiado placentero para poder resistirse.
En algún momento, no sé si pronto o tarde, recupero la consciencia y le devuelvo el mordisco a la belleza de ojos rasgados. Solo que yo no me dedico a chupar su sangre, si no a arrancarle la mayor parte de su precioso y fino cuello. Al parecer, en ese momento la cosa se pone fea para los Sabbat, por que deciden escapar antes que perder a su compañera, e inician la retirada por la puerta del almacén del bar. En mi defensa he de decir que estaba volando por los aires cuando el tatuado agarra a Annie con Celeridad y se pierde en la noche. Con el paquete.
Zaraida tiene una marca de garras en el pecho, y Henri, sorprendentemente, está ileso.
Volvemos al Elíseo e informamos a los interesados. El Ventrue parece realmente contrariado, pero él no tiene la marca de los colmillos de una loca hundidos en su cuello, la verdad.
En cuanto salgo, llamo a Vic, que ya sabía que estaba con Leónidas, y le pido que lo entretenga lo máximo posible.
En cuanto se entere del resultado de la misión, no me va a acoger con los brazos abiertos, precisamente.
Primera noche. Orestes.
Nunca fui tímido, pero ahora mismo desearía que me tragara la tierra.
Os pongo en situación: mi amado y respetado sire acaba de hacer una jugada de las suyas, y tras gritos y peleas con la flor y nata de la sociedad vampírica local, ha conseguido que se me presente en sociedad. Hoy.
Sólo tengo 6 meses vampíricos. Soy, en términos inmortales, un bebé de pecho.
Si pensaba que no había nada peor que que me presentaran en sociedad siendo el Chiquillo de un Vástago considerado el más capullo de un clan de capullos, me equivocaba. Pueden presentarte en sociedad siendo el Chiquillo del mayor capullo de Nueva York, y además hacerlo de forma completamente prematura e inapropiada.
Leónidas está convencido de que soy un Chiquillo digno, y oh, voy a serlo, aunque sea por mí y no por él.
Entro al Elíseo detrás de mi sire, y rezo por salir de allí lo antes posible.
Todas las miradas se clavan en mi, los Vástagos comienzan a susurrar. Percibo la mirada altiva y desdeñosa de Mazz, la Arpía Brujah. Está claro que hacerme un buen nombre va a resultarme difícil.
La presentación comienza, los Chiquillos nos adelantamos para jurar lealtad al Príncipe Calebros. Al menos no es Ventrue.
La primera Chiquilla, Boadicea, se presenta a su coleguita Calebros. Mi único consuelo es que no se puede hacer peor que eso.
La segunda Chiquilla, Zaraida, parece hacerlo un poco mejor. Hasta hace una reverencia.
Y me toca a mí. Afortunadamente, Vic me ha explicado lo que tengo que hacer. Hinco una rodilla en tierra, digo mi nombre y mi clan y juro lealtad al Príncipe. Calebros no tiene ni idea de lo en serio que digo esas palabras.
El Nosferatu no se distrae y comienza a preguntarnos por las Tradiciones. Menos mal que soy una rata de biblioteca, y me las sé de memoria.
Una vez terminadas las presentaciones, Leónidas me lleva a conocer a varios Vástagos, la mayoría el resto de integrantes del clan Brujah. Vic está por allí, y me hace una señal de aprobación cuándo nadie mira.
Acto seguido, mi padre eterno me conduce hacia un grupo de Ventrue, que se encuentran con la nueva Chiquilla Gangrel y un neonato llamado Henri, y coloca una mano en el hombro de un tal Edmund. Ojalá no lo hubiera hecho. Parece ser que está noche hay una "misión de mayoría de edad", y como Vástago recién presentado al Príncipe, Leónidas considera que debo participar. No estoy muy seguro de que Edmund esté de acuerdo, pero no dice nada.
Tierra, trágame.
Os pongo en situación: mi amado y respetado sire acaba de hacer una jugada de las suyas, y tras gritos y peleas con la flor y nata de la sociedad vampírica local, ha conseguido que se me presente en sociedad. Hoy.
Sólo tengo 6 meses vampíricos. Soy, en términos inmortales, un bebé de pecho.
Si pensaba que no había nada peor que que me presentaran en sociedad siendo el Chiquillo de un Vástago considerado el más capullo de un clan de capullos, me equivocaba. Pueden presentarte en sociedad siendo el Chiquillo del mayor capullo de Nueva York, y además hacerlo de forma completamente prematura e inapropiada.
Leónidas está convencido de que soy un Chiquillo digno, y oh, voy a serlo, aunque sea por mí y no por él.
Entro al Elíseo detrás de mi sire, y rezo por salir de allí lo antes posible.
Todas las miradas se clavan en mi, los Vástagos comienzan a susurrar. Percibo la mirada altiva y desdeñosa de Mazz, la Arpía Brujah. Está claro que hacerme un buen nombre va a resultarme difícil.
La presentación comienza, los Chiquillos nos adelantamos para jurar lealtad al Príncipe Calebros. Al menos no es Ventrue.
La primera Chiquilla, Boadicea, se presenta a su coleguita Calebros. Mi único consuelo es que no se puede hacer peor que eso.
La segunda Chiquilla, Zaraida, parece hacerlo un poco mejor. Hasta hace una reverencia.
Y me toca a mí. Afortunadamente, Vic me ha explicado lo que tengo que hacer. Hinco una rodilla en tierra, digo mi nombre y mi clan y juro lealtad al Príncipe. Calebros no tiene ni idea de lo en serio que digo esas palabras.
El Nosferatu no se distrae y comienza a preguntarnos por las Tradiciones. Menos mal que soy una rata de biblioteca, y me las sé de memoria.
Una vez terminadas las presentaciones, Leónidas me lleva a conocer a varios Vástagos, la mayoría el resto de integrantes del clan Brujah. Vic está por allí, y me hace una señal de aprobación cuándo nadie mira.
Acto seguido, mi padre eterno me conduce hacia un grupo de Ventrue, que se encuentran con la nueva Chiquilla Gangrel y un neonato llamado Henri, y coloca una mano en el hombro de un tal Edmund. Ojalá no lo hubiera hecho. Parece ser que está noche hay una "misión de mayoría de edad", y como Vástago recién presentado al Príncipe, Leónidas considera que debo participar. No estoy muy seguro de que Edmund esté de acuerdo, pero no dice nada.
Tierra, trágame.
Primera noche. Zaraida.
Me levanto. Joseph está mi lado, el pelo revuelto y unas cuantas ramitas enredadas en el.
-Joseph despierta, ¡qué ya es hora!
-Mmm
-Hoy es mi presentación ¿no?
-Sep… -media vuelta en la cama.
Salgo de la habitación para cambiarme y me pongo una camiseta de cuello barco con mangas separadas y otra de tirantes debajo, unos vaqueros rotos y unas botas militares. Me arreglo el pelo.
Entro en el cuarto de Joseph, está con dos camisas, una en cada mano. Sube una cada vez como pidiendo consejo:
-La de la derecha –sonrío-. ¿Te puedo arreglar el pelo?
-Siempre –sonrisa ancha.
Después de ponerse la camisa se sienta en una silla. Le recojo parte del pelo en la nuca con una goma.
-¡Ya está!
-Vámonos –sonríe.
Nos dirigimos al Elíseo, en Madison Square Garden, donde tendrá lugar la presentación. Mientras salimos del Bronx la gente se aparta. Nadie se atreve a meterse con Joseph en el Bronx.
Aunque sea el Bronx.
Al llegar al Elíseo un tipo con cara de malas pulgas nos deja pasar.
En mi vida he visto tanto vampiro junto: el Elíseo está lleno, la mayoría está en grupos, en clanes, apenas se mezclan: los Toreadores, los Gangrel, los Brujah, los Ventrue, los Malkavian, los Tremere, los Giovanni, los Nosferatu. Los Toreadores miran a su alrededor como si el resto se hubiera dejado olvidado en algún cajón el buen gusto; los Ventrue van con sus camisas de marca, pantalones de pincísima y sus zapatos caros, políticos…; los Brujah… moteros y sonoras palmadas de espalda; hay también por ahí perdido un niño un tanto raro que habla con su osito de peluche…da mal rollo… los Gangrel están al fondo asique nos vamos hacia allí.
Joseph me da un ligero apretón en la mano, estamos delante de una Gangrel con rasgos de comadreja: Jezabelle, la heroína olvidada. Su chiquilla no es Gangrel si no Caitiff, va vestida al estilo “busco a Jack” enfundada en cuero de los pies a la cabeza. Muy mona.
Extiende una mano.
-Soy Boadicea. Encantada.
-Zaraida. Igualmente.
-¿De dónde viene el nombre? –pregunto.
-Pues verás... viene de Bla bla bla bla bla
Sí, lo siento desconecto un poco, pero es porque intento grabar en mi memoria semejante nombre que no había oído en mi vida (si puedo decir tal cosa…) pero en mi mente se filtra que viene de tradiciones guerreras.
-… y eso es todo. ¿Y el tuyo? Es la primera vez que lo oigo.
Touchée
-No tengo ni idea, lo único que sé es que no es mi verdadero nombre, y como tampoco recuerdo cuál es me he quedado con este. No tengo muchas opciones, cuando conocí a Joseph le dije que me llamaba Zaraida, supongo que en su momento no me gustó darle mi nombre a alguien tan rarito... o eso debí pensar.
Boadicea no dijo nada más, sólo asiente.
-Básicamente quiere decir que la rarita era ella, que le iba diciendo nombres raros a la gente.
Es Joseph, que se había colocado detrás de mí cuando había terminado de hablar con Jezabelle.
Como siempre brazo al hombro.
El codazo en las costillas no sirve de nada. Joseph me mira y sonríe.
-Una última cosa antes de que vayáis frente a Calebros. Va a haber otro más que se va a presentar esta noche, es el chiquillo de Leónidas, Orestes. Es un brujah. Por eso los ánimos están un poco alterados… no tiene ni seis meses... bueno -una palmadita en la espalda- ¡Suerte!
Y de repente estoy frente a Calebros, con sus pústulas y encías carcomidas. Qué hermosa visión.
Vale, sí, seré muy sarcástica pero hay que reconocer que el tío impone, el aura que emana de él refleja su poder. A pesar de su apariencia, el Príncipe ha sido un buen gobernante, al menos por lo que me ha contado mi Sire.
Primero se presentó Boadicea. El cuero de su mono susurró cuando se adelantó.
Si hubiese tenido corazón me pregunto si habría empezado a latir con más fuerza: me estoy poniendo nerviosa. Boadicea se ha presentado de la forma más coloquial que uno se pueda imaginar, pera empezar le ha llamado directamente "Calebros"... Y se oyen murmullos.
¡Ay mi madre…!
Bueno. Mi turno.
“Príncipe Calebros, mi nombre es Zaraida. Le ofrezco mi lealtad”
Hago una reverencia.
¡Y ya está!
No ha ido tan mal, ¿no? Al menos no ha habido murmullos.
El turno del Brujah…
Me sorprende, las cosas como son. No pensé que lo fuera a hacer tan bien.
Todo correctísimo, mejor que yo de hecho. Y no hace una reverencia, ¡si no que hinca la rodilla!
Calebros se levanta y nos saluda. Y hace algo que me pilla desprevenida: nos empieza a preguntar sobre las Tradiciones. Por suerte nadie la caga.
Después de terminar con las formalidades volvemos con nuestros sires. Joseph pasa una mano por mi hombro.
-Muy bien hecho cariño. Por cierto, tengo que presentarte a alguien.
Un sentimiento de mal rollo y un escalofrío me recorren la espalda...
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