"Pero es que yo me siento humano" contesto.
No eres humano. Eres un monstruo, una Bestia. Los humanos son inferiores a ti. Puedes controlarlos a tu voluntad, doblegarlos, utilizarlos.
"¿Por qué haría yo eso?"
Porque puedes.
"Pero... yo no quiero hacerlo. No voy a hacerlo. Aún tengo el control."
No te mientas, Orestes. Algún día lo harás.
-----
Como todas las noches, me despierto en mi apartamento. Normalmente, encendería la luz con desgana y luego le daría la espalda para quedarme un rato más remoloneando en la cama, como solía hacer por las mañanas, pero hoy he vuelto a escuchar esas malditas palabras en mi cabeza, y no estoy de humor. Antes, apartaba las planchas de madera que tapaban la poca luz que las persianas bajadas dejaban entrar, pero desde aquel incidente tan beneficioso económicamente en la mansión encantada, tengo cristales negros, opacos. Al menos en la habitación.
Me pongo unos vaqueros, abro el balcón y salgo fuera. Se me pone la piel de gallina y empiezo a tiritar; corre una brisa gélida. Pero eso me hace sentirme un poco menos muerto.
Me fumo un cigarrillo, eso que sólo suelo hacer en momentos de gran ansiedad, y el vaho de mi respiración se mezcla con el humo alquitranado.
Suena mi teléfono. Mi padre, aunque no mi padre eterno.
"Orestes, ¿dónde coño metes el teléfono? Llevo llamándote un par de horas."
Perdona, papá, respondo.
"Habíamos quedado para cenar esta noche, ¿te acuerdas? Pásate por aquí en una hora o así."
Claro, allí estaré.
Algún día lo harás, resuena en mi cabeza.
No, espera, esta noche tengo algo que hacer. Es importante, lo siento. Nos veremos pronto, lo prometo.
Algún día lo harás...
---
Son las dos de la mañana cuando consigo quitarme la paranoia. Lizza respira aún agitadamente a mi lado. Las sábanas están arrugadas y bastante húmedas.
Para ella ha sido increíble, como siempre, y mi sed está bastante satisfecha.
A Lizza le molesta ser parte de mi harén, como ella lo llama, pero siempre me invita a su casa cuando quedamos. Supongo que, sea cual sea el dilema mental que ella tenga conmigo, el sexo le compensa.
Tengo que irme, le digo, y comienzo a vestirme mientras ella me mira soñolienta desde la cama, los ojos azules escondidos tras una cortina de cabello dorado.
Ya conoces el camino, me responde. Me abrocho la chaqueta y salgo a la calle. Sigue haciendo un frío del demonio.
Voy a ver a Agnes. Un profesor de Columbia ha venido a dar clase durante unas semanas. Una eminencia. Obviamente, yo quiero saber de qué va a hablar.
Quiero terminar la carrera, aunque no me examine.
Agnes me abre y me putea un rato. Tampoco entiende el concepto de Playboy-Orestes con el que se está encontrando últimamente. Si no fuera demasiado liberal como para admitirlo, me diría que está celosa, porque ella pensaba que nuestra relación con derecho a roce estaba en camino de ser algo más. Y lo estaba.
Hasta aquella noche fatídica en la que acompañé a Leónidas a su "casa".
Hablo con ella, hago un par de bromas, no me doy por aludido. He de reconocer que no la he tocado desde que me transformé en vampiro. Es demasiado importante. Pero claro, eso ella no lo sabe, y no pienso decírselo.
¿Enamorado? No exactamente. Valoro su amistad, que nunca me ha fallado.
Le doy un beso en la mejilla antes de salir por la puerta con una carpeta de apuntes para fotocopiar bajo el brazo. El beso ha estado muy cerca de la comisura.
Oh mierda.
Me quedo petrificado.
Mierda, joder, ostia, puta, coño.
No puede ser. No puedo tener delante de mí a un Ventrue.
A un Ventrue con sonrisa maquiavélica, que me espera con los brazos cruzados en la escalera, como si nos encontraramos por casualidad. A un Ventrue que me dice: "Qué, el marxismo en el Reino Unido en los años 30, ¿no?".
Pero allí está Henri, mi sacrificada niñera oficial. Y tiene cara de estar pasándoselo muy bien.
Creo que tardo en reaccionar. El pánico que siento este momento me impide actuar de forma coherente. Ha escuchado la conversación. Sabe quién soy.
Cuando le pregunto qué está haciendo exactamente aquí, me enseña un ejemplar de El marxismo en el Reino Unido en los años 30, firmado por el maldito profesor de Columbia en persona. Putos Ventrues con contactos. Vive dos habitaciones más allá de la de tu amiga, me informa. Deberías pasarte a hablar con él alguna vez. Ibas a hacer fotocopias, ¿no? Te acompaño.
Llegamos a la biblioteca. Sin abandonar una sonrisa maliciosa, me pregunta por mis estudios. Ciencias Políticas, Historia Clásica, Filologías Griega y Latina, respondo como un autómata. ¿Carreras de dos o de cuatro años? Mi única respuesta es mirarme los pies.
Odio no reaccionar como un adulto en estas situaciones, pero me siento vulnerable. Todo es mucho más fácil cuando la gente espera que seas un Brujah descerebrado con una moto muy grande y un cerebro muy pequeño.
¿Cómo acabó alguien como tú con un tipo como Leónidas? ¿Cómo fue?
Respondo con sinceridad. Creo que no se lo esperaba. De hecho, juraría que está un poco en estado de shock. Supongo que él también es de los que aman a su sire, como Zaraida.
Antes de que pueda decir mucho más, se ha hecho lo suficientemente tarde como para que tengamos que marcharnos. No miro atrás cuando salgo de la biblioteca.
-----
Para cuando llego a mi apartamento, sigo nervioso. Nada más llegar, me enciendo un cigarrillo y me dirijo a mi habitación. Abro el cajón de la mesilla y saco mi diario. Cierro los párpados con fuerza, y lo abro por la primera página.
¿Cómo fue?
Abro los ojos y miro el recorte de periódico. Un recorte de periódico como cualquier otro. Del New York Times.
"Brutal asesinato en Harlem"
Anoche, dos jóvenes hispanas fueron brutalmente asesinadas en su apartamento de Harlem. La policía baraja varios posibles móviles, entre ellos, un ajuste de cuentas. No se descarta ningún sospechoso. El ex-novio de una de las jóvenes, M.G.A., ha sido detenido esta mañana.El periodista ni siquiera estaba inspirado al escribirlo. Otro incidente de tantos que ocurren en Nueva York cada día.
Pero ese fui yo.
Fui yo.
----
Me despierto, completamente atontado y confuso. Recuerdo a Leónidas a mi espalda, el pasillo a oscuras. La inconsciencia.
Delante de mis narices hay una mancha de sangre. La marca que dejaría alguien al resbalarse sobre un inmenso charco rojo. Joder, este tipo es un psicópata y te ha tocado precisamente a ti, me dice mi mente.
Mis ojos enfocan algo más allá de la mancha de sangre, y veo unas botas militares. Leónidas, por supuesto.
Para mi sorpresa, porque creo estar herido, puedo moverme. Me apoyo en un codo y levanto la cabeza. Leónidas me mira, bastante impasible.
"Lo que te espera ahora no es nada agradable", me dice. "Vas a expulsar de tu cuerpo todo lo que queda de humano".
Le miro, sin entender. Estoy asustado.
"No me mires así, lo de la sangre no ha sido culpa mía. De hecho, has sido tú".
No te creo, respondo.
Leónidas solo hace un gesto con la mano, para que mire a mi espalda.
Es en ese momento cuando empiezo a vomitar. Y que haya empezado a hacerlo justo cuando miro hacia mi espalda no es coincidencia.
¿He sido yo?, se pregunta mi cabeza, totalmente asqueada, mientras dejo en el suelo un charco pestilente, encima del charco carmesí. No puede ser.
Están totalmente destrozadas, desmembradas. El antebrazo de una de ellas ha volado unos metros más allá de su cuerpo. La otra tiene la cabeza prácticamente seccionada.
Nunca había visto algo tan horrible. Y he sido yo.
"Déjame que te explique" escucho de fondo, y casi no reconozco el eco de las palabras. La sangre me martillea las sienes y los pensamientos se agolpan en mi cabeza de tal manera que percibo el mundo totalmente distorsionado. "Eres un vampiro. Acabo de concederte el don de la inmortalidad. Te despertaste hambiento, y esas han sido las consecuencias. No será la última vez que hagas algo parecido."
Vuelvo a tener otra arcada.
"Eres mi Chiquillo. En términos humanos, soy tu padre. Yo te guiaré en tus primeros años de inmortalidad, te enseñaré a sobrevivir en este nuevo mundo que se abre ante ti. Es tu obligación obedecerme."
En estos momentos, noto como las lágrimas corren por mis mejillas, al igual que restos de sangre y vómito caen por mi barbilla y la mierda resbala por mis muslos.
"Tengo grandes planes para ti, Orestes."
Vaya, has conseguido que me recorra un escalofrío al evocar la visión de un Abrazo no deseado y no consentido.
ResponderEliminarEs mucho más de lo que el escritor medio puede aspirar a hacer. Enhorabuena.
Es la cruda realidad de mi no-vida, ni más ni menos.
ResponderEliminarEspero tu punto de vista sobre la noche pronto.
Y, por supuesto, gracias, estaba inspirado. Espero que esta entrada esté al nivel de alguna de las tuyas, que también son brutales.
Kyaaaa! Pobrecito Orestes. Jooo, que mal lo está pasando y qué bien lo disimula!!
ResponderEliminarDan ganas de darle un abrazo! Y mimos! Y decirle, no pasa nada, en realidad no eres un vampiro!
En serio, me ha derretido....
RonCN
Buahjajajaja, gracias gracias, me vas a sacar los colores.
ResponderEliminarYo también estoy contento con el resultado de esta entrada, la verdad.
¡Gracias por comentar!