31 ene 2009

Primera noche. Orestes. Segunda parte.

Para hablarnos de la misión, nos conducen al Club21, terreno Ventrue. Todos se montan en limusina. Yo, por supuesto, voy en mi moto. Tengo que cumplir con el estereotipo de mi clan.

El Club21 es un lugar de gente con mucha fama y mucha pasta. No sé que pinto aquí. La misión consiste en hacer de puta de un Ventrue. Mi primera noche como "mayor de edad" y ya está muy claro mi destino.

Recoger un objeto en un bar del Bronx. ¿Qué hace un Ventrue hablando con gente del Bronx? Lo que sea, Calebros ha exigido su presencia en un asunto, y nos toca a nosotros hacer de mensajeros.

Antes de salir para allá mando a Henri, el neonato Ventrue, a que se ponga ropa que esté un poco más acorde al barrio al que vamos. Vuelve con unas Panama Jack. Vamos a morir.

El nombre del bar me suena, pero Zaraida, la gran conocedora del Bronx, nos pierde por la zona sur. Esa zona llena de Setitas y reductos Sabbat, por lo que se rumorea. Genial. Para cuando me decido a intervenir ("Oye, creo que no es por aquí.") estamos en el culo del mundo.

Salimos del metro, y, cómo no, el Bronx nos da la bienvenida: pintadas, hogueras en mitad de la calle, miradas desafiantes... No me extraño cuando se acercan una banda de negrazos a pedirnos el aguinaldo. Las Panama Jack, junto con el cabello y la piel blanca, no hacen muy buena combinación en este barrio.

Aún no me explico cómo, pero el escuálido Ventrue logra hacer que, primero uno de los integrantes y después el jefe de la banda se meen encima y salgan corriendo, intentando conservar la poca dignidad que les queda. La que peor se arregla es Zaraida, a la que tengo que quitar un par de maromos de encima con "delicadeza".

Al final, damos la vuelta y llegamos al maldito bar. Abrimos la típica puerta de madera desvencijada pintada una y otra vez de verde para bajar unas escaleras oscuras. Cuando llegamos abajo, el espectáculo es distinto al esperado.

A ver, ya sabía que era un bar en el Bronx, pero, joder, lo de todo el mobiliario destrozado, cadáveres por los suelos, y una vampiresa rubia diabolizando al dueño...

Nuestra llegada causa expectación. Un rubio oxigenado completamente tatuado sale de detrás de la barra. Con un paquete en la mano. Mientras el dueño del bar se descompone en cenizas, la otra vampiresa que está a la vista se levanta relamiéndose y se va directamente a por el que tiene más pinta de lucecita: Henri.

Intento detenerla, obviamente. Las broncas serían demasiado gordas si muriese un Ventrue. En un estado de completa fascinación, la chica me golpea y salgo volando por los aires cuando intento sujetarla.

Mi aterrizaje no es suave, precisamente. Caigo detrás de unas mesas volcadas y me encuentro con la última invitada a la fiesta. Ropa de rockera, ojos rasgados, y un corazón aún caliente en las manos, que muerde con fruición. Joder, ¿me tenía que tocar a mí?

Annie (que así se llamaba) y yo nos miramos fijamente durante un largo rato, calibrándonos, alerta. De fondo se escucha conversación, principalmente de Henri y la rubia, ya que el tatuado se ha guardado el paquete en el bolsillo y se ha sentado sobre la barra para contemplar el espectáculo.

Es difícil prestar atención a lo que pasa a tu alrededor cuando tienes que vigilar a una Sabbat que se encuentra a escasos centímetros de tu rostro. Solo sé que en algún momento las chispas saltan invocando el desastre inevitable. Yo la golpeo con una silla, sin hacerle demasiado daño, y a cambio ella me muerde.

Ah, el mordisco de otro vampiro. No importa que sus intenciones sean homicidas, es demasiado placentero para poder resistirse.

En algún momento, no sé si pronto o tarde, recupero la consciencia y le devuelvo el mordisco a la belleza de ojos rasgados. Solo que yo no me dedico a chupar su sangre, si no a arrancarle la mayor parte de su precioso y fino cuello. Al parecer, en ese momento la cosa se pone fea para los Sabbat, por que deciden escapar antes que perder a su compañera, e inician la retirada por la puerta del almacén del bar. En mi defensa he de decir que estaba volando por los aires cuando el tatuado agarra a Annie con Celeridad y se pierde en la noche. Con el paquete.

Zaraida tiene una marca de garras en el pecho, y Henri, sorprendentemente, está ileso.

Volvemos al Elíseo e informamos a los interesados. El Ventrue parece realmente contrariado, pero él no tiene la marca de los colmillos de una loca hundidos en su cuello, la verdad.

En cuanto salgo, llamo a Vic, que ya sabía que estaba con Leónidas, y le pido que lo entretenga lo máximo posible.

En cuanto se entere del resultado de la misión, no me va a acoger con los brazos abiertos, precisamente.

2 comentarios:

  1. Me han llegado los motivos por los que intentaste detener a la vampiresa... I didn't know you cared!

    Por lo demás: has conseguido resistirte al Beso. Contra mi voluntad, cada vez te estás ganando más y más mi respeto.

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  2. Como ya he dejado por escrito, las broncas serían demasiado gordas...

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