30 ene 2009

Historia inicial. Orestes.

Es difícil ser vampiro.

Ya sé lo que la mayoría podría pensar: ¿de qué se queja este tío? Poderes, vida eterna...
Pues, para empezar, yo no pedí ser transformado. Ser una bestia sedienta de sangre no entraba dentro de mis prioridades, la verdad.

También es difícil ser un Vástago, si queremos ponernos con florituras, si tu sire es un completo gilipollas.

¿Amor por mi sire? ¿Respeto por aquel que me creó?

Bueno, eso déjaselo al resto de Chiquillos, como a Zaraida con su idolatrado Joseph.

Mi bienamado padre eterno es un capullo. Así, como lo oyes, C-A-P-U-L-L-O. Un capullo con buen gusto, eso si, ya que me eligió a mi para continuar con su línea de sangre. Es un capullo, y tengo que aguantarle hasta el fin de mis días. O de los suyos.

Supongo que debería empezar por mi vida mortal. Para algunos Vástagos, hablar de su vida mortal es algo tedioso, y que sucedió hace tanto tiempo... Vale, pues yo fallecí con 21 años y medio. Acabo de cumplir 22, ¿algún problema? Nadie más aparte de mí y del resto de vampiros de Nueva York sabe que estoy muerto. O mejor dicho, no-muerto.

Tengo que decir que a mi me pasó algo curioso. ¿Sabes todo eso de que los vampiros no respiran, ni les late el corazón, ni les funcionan los órganos internos? Bueno, eso no se aplica en mi caso. Mi cuerpo sigue comportádose como si estuviese vivo. De hecho, puedo incluso tragarme una buena ración de perritos calientes con cerveza si quiero, aunque claro, sabe mejor la sangre. Malditos gustos culinarios adquiridos. Ahora, cuando quiero emborracharme, simplemente tengo que buscarme a una tipa que esté bastante pasada de rosca, un par de miradas, un par de frases cruzadas y roces, un mordisco y voilá, noche etílica al canto.

Bueno, pues yo hace menos de un año era un estudiante modelo de la Universidad de Nueva York. Durante toda mi vida fui un empollón lo suficientemente inteligente como para no descuidar ni mi físico ni mi vida social, así que era un empollón (perdón, cuando llegas a la universidad el término se cambia por intelectual) con amigos. Al acabar el instituto, el típico que tiene a los niños mayores vendiendo droga en la puerta, solicité una beca de la hostia para hacer algo útil con mi cerebro.

Mis obsesiones particulares eran la filosofía, la historia clásica y las ciencias políticas, así que, aprovechándome del sistema educativo estadounidense, hice una mezcolanza de asignaturas que me gustaba bastante. Durante tres años, aparte de ser estudiante a tiempo completo, también fui el líder del sindicato de estudiantes de la universidad. Ya lo he dicho, estudiaba ciencias políticas y nací en un barrio pobre, ¿qué esperabas? Yo era de esos que daban mítines y hacían propuestas esperando cambiar algo. La gente veía en mi a un líder nato. En un principio eso no parecía ser nada malo, pero resultó ser la clave de mi desgracia. Tortura eterna. Como quieras llamarlo.

Pues resulta que, precisamente en uno de esos mítines (improvisado, en la zona de bares de la universidad), capté la atención de mi actual sire, Leónidas. Digamos que Leónidas es un motero rubio y grande con malas pulgas y peores aspiraciones políticas. Aquella noche, yo llevaba una chupa de cuero que me había regalado mi amiga-con-derecho-a-roce-Agnes. Mala elección de ropa, creo que eso terminó de encandilarlo.

Leónidas se encontraba con algunos compañeros del clan Brujah aquella noche, entre ellos Vic, una encantadora ex-poli corrupta. Parece que estaban discutiendo asuntos serios, cuando una panda de universitarios borrachos interrumpió su charla con escandalosos vítores. Y, en el centro de todo aquel asunto, estaba yo, subiéndome entre risas a unas cajas para soltar un discurso improvisado lleno de grandes promesas de cambio. Idiota, idiota, idiota.

No sólo llamé la atención de Leónidas esa noche. Vic, mi querida Vic, llevaba algún tiempo buscando un posible candidato para ser su Chiquillo. Leónidas vio su interés por mi persona, y realizando probablemente la primera y última jugada inteligente de su vida, no mencionó que también me había puesto en el punto de mira. Movió los hilos más deprisa que su compañera de clan, y de la noche a la mañana... tenía un Chiquillo. Es decir, yo.

En mi vida mortal, me tropecé sólo un par de veces con Leónidas. Se me acercó una noche en un bar, acompañado por supuesto de su presencia y carisma sobrenaturales, y me fascinó. Comenzó a hablarme de política, de cambio, de un mundo mejor. Me llevó con él a conocer a algunos de sus "amigos", me ayudó una vez que unos capullos de la universidad intentaron pegarme una paliza. Y, sin previo aviso, un día me propuso terminar una larga conversación sobre política ("¿Crees en la inmortalidad?" "La inmortalidad es que hablen de ti los libros de historia.") en su casa, hasta que saliera el sol.

Sé lo que estáis pensando, pero no sabéis lo que cambia la concepción de alguien cuando tiene carisma sobrenatural. Ojalá lo que hubiera querido fuera echarme un polvo. Me abrió la puerta de un sitio bastante anodino, bastante tapadera, y mientras yo buscaba la luz del pasillo, me agarró y me mató. Así de claro, así de simple. Nada de preguntas, nada de delicadezas. Después su sangre se deslizó por mi garganta. Preferiría no hablar del momento en que me desperté.

Lo divertido del asunto es que Leónidas tenía ciertos planes para mi persona. Ciertos planes con los que no estoy de acuerdo. Digamos que su vision de la política y mi visión de la política no acaban de coincidir del todo.

Bueno, he de añadir que mi sire, aparte de gilipollas, es bastante sobreprotector. Es lo que tiene que Vic también quisiese Abrazarme. Ella pensaba ser más amable y pensaba dejarme al menos terminar mis estudios antes de acercarse a mi con propuestas de inmortalidad.

Vic ha sido y es mi salvavidas, la única cosa que ha hecho que no me muera de asco. Cuando Leónidas no mira, ella y yo hablamos. Ella me ayuda cuando tengo un problema, ella distrae a Leónidas cuando lo necesito. Y, os preguntaréis, ¿qué le doy yo a cambio?

Eso tendréis que descubrirlo.

3 comentarios:

  1. Estimados jugadores:
    Ni que decir tiene que esto NO lo sabeis dentro de juego y tendreis que actuar en consecuencia.

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  2. De acuerdo. Se supone que no se nada de esto.

    Pero, Orestes...

    Rezumas amor. En serio.

    Y es curioso, pero ahora siento la necesidad de *saber más*...

    ¿No podríamos tomar un café, y me cuentas?

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  3. Podríamos. Pero seguro que todo lo que te cuente lo utilizarás en mi contra. O, al menos, en tu beneficio.

    ¿Me equivoco?

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